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José Martí: Cartas



Carta a Bartolomé Mitre y Vedia



New York, 19 de diciembre [de 1882]




New York, 19 de diciembre [de 1882]
Sr. Bartolomé Mitre y Vedia

Señor y amigo.

Contesto ahora, en medio de verdaderas premuras su carta, sólo en lo cuerda igual a lo generosa, de 26 de setiembre último. Me pareció un rayo de mi propio sol, y palabra del alma;-ni me parece ahora que escribo a amistad nueva, sino a amigo antiguo, de corazón caliente y mente alta. No hay bien como el de estimar,-y acaso sea este hoy mi único placer: Queda, pues, dicho que leí con verdadero gozo sus observaciones acerca de la naturaleza de las cartas en que su buena voluntad permite que me empeñe, y que el gozo fue tanto porque vi mis pensamientos en los suyos, cuanto porque penetró V. en los míos. No hay cosa que yo abomine tanto como la pasión. Cierto que no me parece que sea buena raíz de pueblo, este amor exclusivo, vehemente y desasosegado de la fortuna material que malogra aquí, o-pule sólo de un lado, las gentes,-y les da a la par aires de colosos y de niños. Cierto que en un cúmulo de pensadores avariciosos hierven ansias que no son para agradar, ni tranquilizar, a las tierras más jóvenes, y más generosamente inquietas de nuestra América. Cierto que me parecería cosa dolorosísima ver morir una tórtola a manos de un ogro. Pero ni la naturaleza humana es de ley tan ruin que la oscurezcan y encobren malas ligas meramente accidentales; ni lo que piense un cenáculo de ultraaguilistas es el pensar de todo un pueblo heterogéneo, trabajador, conservador, entretenido en sí, y por sus mismas fuerzas varias, equilibrado, ni cabe de unas cuantas plumadas pretenciosas dar juicio cabal de una nación en que se han dado cita, al reclamo de la libertad, como todos los hombres, todos los problemas.-Ni ante espectáculos magníficos, y contrapeso saludable de influencias libres, y resurrecciones del derecho humano-aquí mismo a veces-aletargado,-cumple a un veedor fiel cerrar los ojos, ni a un decidor leal decir menos de las maravillas que está viendo. Hoy, sobre todo, en que en ciertas comarcas de nuestra América, en que arraigó España más hondamente que en otras, se capitanea, bajo bandera literaria y amor poético de la tradición, una mala empresa de vuelta a los estancados tiempos viejos,-urge sacar a luz con todas sus magnificencias, y poner en relieve con todas sus fuerzas, esta espléndida lidia de los hombres.-

Siendo esa mi manera de pensar, bien hizo V., pues, en mermar de mi primera carta,-por cuya publicación y afectuoso anuncio le quedo agradecido,-lo que pudiera darle-por ser primera e ir descosida de otras, aire de prevenida y acometedora. Es mal mío no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros,-por lo cual no escribo con sosiego, ni con mi verdadero modo de escribir, sino cuando siento que escribo para gentes que han de amarme, y cuando puedo, en pequeñas obras sucesivas, ir contorneando insensiblemente en lo exterior la obra previa hecha ya en mí. Y esto creo que se lo dije en carta, al enviarle mi correspondencia, a nuestro amigo benevolentísimo el Sr. Carranza, y le rogué que pidiera a V. perdón por ello.-Ahora ya sé que ando entre gentes de alma noble, y que me siento a buen festín, y no tengo sino dejar salir el alma, en la que tengo fe.-Y fío en que la he de hacer sentir, por cariñosa y por humilde.-No me parecen definitivas sino las conquistas de la mansedumbre.

Me dice V. que me deja en libertad para censurar lo que, al escribir sobre las cosas de esta tierra, halle la pluma digno de censuras.-Y esta es para mí la faena más penosa. Para mí la crítica no ha sido nunca más que el mero ejercicio del criterio. Cuando escribía juicios de dramas, callar sobre los malos era mi única manera de decir que lo eran.-Puesto que el aplauso es la forma de la aprobación, me parece que el silencio es forma de desaprobación sobrada. No tema V. la abundancia de mis censuras, que se desvanecen delante de mi pluma, como los diablos delante de la cruz. Yo sé que es flaqueza mía; pero no puedo remediarlo. Suelo ser caluroso en la alabanza, y no hay cosa que me guste como tener que alabar;-pero en las censuras, de puro sobrio, peco por nulo. Cuando haya cosas censurables, ellas se censurarán por sí mismas;-que yo no haré en mis cartas-pues va dicho sin decirlo que acepto el honor de escribirlas pa. La Nación,-sino presentar las cosas como sean, que es sistema cuerdo de quien, por no ser de la tierra, tiene miedo de pensar desacertadamente, o amar demasiado, o demasiado poco. Mi método para las cartas de New York que durante un año he venido escribiendo, hasta tres meses hace que cesé en ellas, ha sido poner los ojos limpios de prejuicios en todos los campos, y el oído a los diversos vientos, y luego de bien henchido el juicio de pareceres distintos e impresiones, dejarlos hervir, y dar de sí la esencia;-cuidando no adelantar juicio enemigo sin que haya sido antes pronunciado por boca de la tierra,-porque no parezca mi boca temeraria;-y de no adelantar suposición que los diarios, debates del Congreso, y conversaciones corrientes no hayan de antemano adelantado. De mí, no pongo más que mi amor a la expansión-y mi horror al encarcelamiento-del espíritu humano. Sobre este eje, todo aquello gira.-¿No le place esta manera de zurcir mis cartas?-Ya las verá sinceras,-con lo que V.-que lo es tanto-no me las tendrá a mal.-

Dicho ya, tan a la ligera que va a parecerle acaso violento y confuso, mi modo general de ver;-y puesta por delante mi alegría de hallar a tanta distancia un corazón vecino;-le pediré perdón por no haber aprovechado el correo anterior para responder a su carta; y por no comenzar con mi correspondencia hoy la serie definitiva de las mías para el periódico.-Pero después de dos años de no ver a mi mujer e hijo, me han venido en estos mismos días, en medio de este crudísimo diciembre, a alegrar mi casita recién hecha, que es toda de V.-Y primero las ansias de aguardarlos, y los miedos de que no viniesen, y luego las faenas del establecimiento, y las enfermedades de aclimatación,-me han quitado el sosiego de espíritu y claridad de mente necesarios para escribir con honradez y serenidad cosas que han de leer gentes sensatas. No lo achaque, por Dios, a informalidades de gentes letradas, que en esto no fui nunca, ni quiero yo ser, gente de letras.-Sino a calor del espíritu, que me deja sin fuerzas para obras menores cuando me lo solicita y concentra todo obra mayor. Ahora mismo le escribo, sin papel apenas en que dejar caer estos renglones, y muy entrada ya la noche fría, fatigado de un día muy laborioso, de todo lo cual le pido excusa.-Pero ya con buena parte de los míos a mi lado, y calmado el afán de verlos venir, me doy sin tardanza a mi nueva sabrosa tarea.-Y cada mes, como Vds. bondadosamente me lo piden, comenzando por el próximo de enero, y por el vapor directo, o el primero que en el mes salga,-le enviaré en mi carta noticia, que procuraré hacer varia, honda y animada, de cuanto de importante por su carácter general, o especialmente interesante para su país, sucede en este. Lo pintoresco aligerará lo grave; y lo literario-alegrará lo político. Cuando hablo de literatura, no hablo de alardear de imaginación, ni de literatura mía, sino de dar cuenta fiel de los productos de la ajena. Aunque ya han muerto Emerson y Longfellow, y Whittier y Holmes están para morir. De prosistas, hay muchedumbre, pero ninguno hereda a Motley. Hay un joven novelista que se afrancesa, Henry James. Pero queda un grandísimo poeta rebelde y pujante, Walt Whitman, y apunta un crítico bueno, Clarence Stedman.-Esta noticia se me ha salido de la pluma, como a un buen gustador se va derechamente, y como por instinto, una golosina.

Réstame sólo, por ser contra mi voluntad, tiempo de poner punto a esta carta, darme los parabienes de haber hallado en mi camino a un caballero bueno de las letras, que de fijo lo es bueno en todas las cosas de la vida. Escribiré para La Nación fuera de todos los respetos y discreciones necesarias en quien sale al público-como si escribiera a mi propia familia. No hay tormento mayor que escribir contra el alma o sin ella.-Por lo generosa,-y bien sé cuán valiosa es la hospitalidad que en La Nación venerable me brinda,-tengo las manos llenas de gracias. La estimo vivamente, y haré por pagarla.-¡Ojalá sienta Vd. en esta carta el cariño y efusión con que se la escribe su amigo y servidor afectuoso
JOSÉ MARTÍ


Cartas a Hermana Amelia

[Nueva York, enero de 1882]





[Nueva York, enero de 1882]
Para Amelia:

Tengo delante de mí, mi hermosa Amelia, como una joya rara, y de luz blanda y pura, tu cariñosa carta. Ahí está tu alma serena, sin mancha, sin locas impaciencias. Ahí está tu espíritu tierno, que rebosa de ti, como la esencia de las primeras flores de mayo. Por eso quiero yo que te guardes de vientos violentos y traidores, y te escondas en ti a verlos pasar: que como las aves de rapiña por los aires, andan los vientos por la tierra en busca de la esencia de las flores. Toda la felicidad de la vida, Amelia, está en no confundir el ansia de amor que se siente a tus años con ese amor soberano, hondo y dominador que no florece en el alma sino después del largo examen; detenidísimo conocimiento, y fiel y prolongada compañía de la criatura en quien el amor ha de ponerse. Hay en nuestra tierra una desastrosa costumbre de confundir la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe, ni en las tierras donde esto se puede, sino rompiendo el corazón de los amantes desunidos. Y en vez de ponerse el hombre y la mujer que se sienten acercados por una simpatía agradable, nacida a veces de la prisa que tiene el alma en flor por darse al viento, y no de que otro nos inspire amor, sino el deseo que tenemos nosotros de sentirlo; -en vez de ponerse doncel y doncella como a prueba, confesándose su mutua simpatía, y distinguiéndola del amor que ha de ser cosa distinta, y viene luego, y a veces no nace, ni tiene ocasión de nacer, sino después del matrimonio, se obligan las dos criaturas desconocidas a un afecto que no puede haber brotado sino de conocerse íntimamente. -Empiezan las relaciones de amor en nuestra tierra por donde debieran terminar.-Una mujer de alma severa e inteligencia justa debe distinguir entre el placer íntimo y vivo, que semeja el amor sin serlo, sentido al ver a un hombre que es en apariencia digno de ser estimado, -y ese otro amor definitivo y grandioso, que, como es el apegamiento inefable de un espíritu a otro, no puede nacer sino de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho, por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierna y valerosa que ha de durar toda la vida.-Ve que yo soy un excelente médico de almas, y te juro, por la cabecita de mi hijo, que eso que te digo es un código de ventura, y que quien olvide mi código no será venturoso. He visto mucho en lo hondo de los demás, y mucho en lo hondo de mí mismo. Aprovecha mis lecciones. No creas, mi hermosa Amelia, en que los cariños que pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas- copian realmente la vida, ni son ley de ella. Una mujer joven, que ve escrito que el amor de todas las heroínas de sus libros, o el de sus amigas que los han leído como ella, empieza a modo de relámpago, con un poder devastador y eléctrico- supone, cuando siente la primera dulce simpatía amorosa, que le tocó a su vez en el juego humano, y que su afecto ha de tener las mismas formas, rapidez e intensidad de esos afectillos de librejos, escritos, -créemelo Amelia- por gentes incapaces de poner remedio a las tremendas amarguras que origina su modo convencional e irreflexivo de describir pasiones que no existen, o existen de una manera diferente de aquella con que las describen. ¿Tú ves un árbol? ¿Tú ves cuánto tarda en colgar la naranja dorada, o la granada roja, de la rama gruesa? Pues, ahondando en la vida, se ve que todo sigue el mismo proceso. El amor, como el árbol, ha de pasar de semilla, a arbolillo, a flor, y a fruto.-Y en Cuba se empieza siempre por el fruto. -Cuéntame Amelia mía, cuanto pase en tu alma. Y dime de todos los lobos que pasen a tu puerta; y de todos los vientos que anden en busca de perfume. Y ayúdate de mí para ser venturosa, que yo no puedo ser feliz, pero sé la manera de hacer felices a los otros.


No creas que aquí acabo mi carta. Es que hacía tiempo que quería decirte eso, y he empezado por decírtelo. -De mí, te hablaré otro jueves.- En este sólo he de decirte que ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua. -A papá que te explique esto que él es un valeroso marino.- Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves, lleno de vejeces y capricho, es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, hora sé todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar.-


Ahora, adiós de veras,-


Escríbeme sin tasa y sin estudio, que yo no soy tu censor, ni tu examinador, sino tu hermano. Un pliego de letra desordenada y renglones mal hechos, donde yo sienta palpitar tu corazón y te oiga hablar sin raros ni miedos -me parecerá más bella que una carta esmerada, escrita con el temor de parecerme mal.-Ve: el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Di ¡ternura! y ya eres una mujer elocuentísima.


Nadie te ha dado nunca mejor abrazo que este que te mando. -¡Que no tarde el tuyo!


Tu hermano

[Nueva York] Feb. 28 [de 1883]





[Nueva York] Feb. 28 [de 1883]
Mi muy querida Amelia.

Tú no me lo querrás creer, por estos odios míos, siempre crecientes, a poner en el papel las cosas íntimas del alma; pero el día en que supe tus bodas, como te creí dichosa, me sentí de fiesta. Hice visitas, canté un poco, y hablé algo más de ordinario.-Porque me estoy volviendo silencioso.-Tu marido me parece noble persona, y me inspira confianza.-Y tú tienes tantas y tan sólidas virtudes, y has salido de tal escuela de abnegación, y recibiste de la naturaleza tales prendas de calor de corazón y de bondad que, de seguro,-cualesquiera que sean tus dolores naturales,-serás dichosa.-Hacerte sufrir, sería como estrujar con manos brutales un lirio.-Serás dichosa, porque [para] serlo es solo necesario-aun en medio de las tormentas más recias de la fortuna-sentirse amado, encalorado, acompañado, bien cuidado, bien envuelto por alguien.-Pero este bien no se tiene sino ocasionando otro semejante.-Nadie se dará jamás-sino a quien se dé a él.-E irresistiblemente, cuando una criatura se siente con la dulce dueñez de otra, se vuelve a ella, como cordero a su madre, cuando llueve o nieva,-y se refugia en ella.-Tú eres abierta, sincera, caliente de corazón, caritativa, pura, generosa.-Quien no lo es,-es odioso, cualesquiera que sean sus galas de inteligencia o de hermosura.-Y si la falta de todas esas buenas cualidades es lamentable en el hombre,-en la mujer, que creemos urna y hogar natural de ellas, es abominable.-Pero así como el alma se aparta con disgusto de los de corazón frío, y mente calculadora y reservada, así se entrega con júbilo y sin rebozo a los de espíritu sencillo y ardiente, mano acariciadora, y pensamiento abierto. Es ley natural infalible que los que esto dan,-esto tengan;-y que los que esto no dan, no tengan esto.-Sé que tu marido te estima, y que tú eres como la luz del sol, que mientras más se la goza, se la gusta más.-Pero esas dotes de alma en que tú abundas pueden tanto, que aunque te tuviera algún día en menos de lo que tú vales, volvería a ti de nuevo, afligido de lo que hubiese visto, y más enamorado después de la experiencia del contraste, de tu alma luminosa y serena.-No puedo hacerte, en mis grandes pobrezas, regalo mejor que esta profecía en tu mes de bodas. De mamá he de hablarte ahora.-Meses hace que tengo ya pensado, y dicho, lo que intento hacer. Papá vendrá a mi lado, como imagino que él lo desea, apenas cedan los fríos, que será para mayo, o para fines de abril.-Anoche puse fin a la traducción de un libro de Lógica, que me ha parecido-a pesar de tener yo por maravillosamente inútiles tantas reglas pueriles-preciosísimo libro, puesto que con el producto de su traducción puedo traer a mi padre a mi lado. Papá es, sencillamente, un hombre admirable. Fue honrado, cuando ya nadie lo es. Y ha llevado la honradez en la médula, como lleva el perfume una flor, y la dureza una roca. Ha sido más que honrado: ha sido casto.-Sangre invisible, me ha caído dentro del alma a torrentes. En mí hay una especie de asesinado, y no diré yo quien sea el asesino. Pero nada me ha hecho verter tanta sangre como las imágenes dolientes de mis padres y mi casa.-Ahora, ya engrueso. Ustedes reposan. Nadie más que yo trabaja. Papá puede venir a descansar. Me aflige sólo que mamá tenga que vivir en casa extraña. Desde el mes de abril recibirá, mes por mes, 20 o 25$ oro. Este, no le puedo mandar más que 10, que acaso vayan, si no hallo otro modo más seguro, dentro de esta misma carta, en un billete americano, que tu buen José me hará el favor de cambiar para mamá.-Dos razones hay que me impiden pensar,-como de otro modo hubiera sin vacilación resuelto,-que mamá y Antonia viniesen también a mi lado. La más importante es-que traer acá a Antonia, que es ahora rosal en flor, sería como encarcelarla en un castillo de nieve. Y Mamá, a poco, suspiraría con razón por volver a la tierra donde están sus hijas, y sus amigas, y cuanto halaga y mantiene vivo el corazón, que aquí-sólo de fuerza heroica si es mozo, o de haber resuelto ya, por matrimonio o por haber vivido bastante, los problemas de la existencia,-queda vivo.


Ya no tengo un momento. Si he de escribir una línea a Carmen, no puedo contestar hoy a José. Esta carta es ya para él y el sábado le escribiré la suya.-


Tú me pides muchas cartas, tú-feliz-escríbeme sin cesar, y oblígame a ellas.-Y no me mires como a hermano alejado, sino como a parte de tu mismo cuerpo.-

J. Martí.

Carta a Manuel Mercado

Acapulco, 7 de enero.–[1878]





Acapulco, 7 de enero.–[1878]
Mi hermano Mercado.–

Yo lo sabía, y la estreché en mi mano como si estrechara la mano de V.: al llegar aquí, hallé carta suya.


Del camino ¿qué le diré que no imagine? Cuando fui, las alas que llevaba me cubrían los ojos: ahora, que con mis alas tenía que protegerla, he visto todas las crudelísimas peripecias, rudas noches, eminentes cerros, caudalosos ríos que, con razón sobrada, esquivan los viajeros. Carmen; extraordinaria; yo, feliz y triste ¡felicísimo!–Por el largo trecho, traspuesto del 26 al 5, con tres días intermediarios de descanso,–cuadrillas de ladrones, felizmente ahuyentadas por la escolta. Si no por este correo, que sale de aquí a unos momentos, dejaré para el próximo carta de gratitud para Macedo. Por Alfaro fui tan atendido como por Medina.–Y por Emparán, si V. no hubiera nacido en Michoacán, diría yo: veracruzanamente.–


De la opus majus, ¡pobre librejo! allá le envío certificada la parte mayor. Por este mismo correo va. Numere como le plazca: ahí, en continuación de lo ya enviado, le mando 77 páginas. Como gusto mucho de lo ancho, de lo elevado y de lo vasto, y en nuestra América todo lo es, tal vez abunden estas palabras repetidas: corte y saje. Como no he tenido tiempo de leer lo escrito, donde haya idea o noticia repetida, saje también. No es ese libro caso de honra literaria, pero se ha de hacer por no perder la habida.–De la publicación ¿qué he de decirle? En ella tengo interés grandísimo. Para mi inmediato porvenir, me parece imprescindible.–Solo faltan noticias de poetas y de artistas, que ya–con el pie en la movible escala del vapor, daré de prisa.–Serán treinta páginas, que irán, como estas de ahora.–En punto a envío, a Uriarte le escribo, y a V. lo digo también. Puede venir consignado cualquier objeto a Velad y Denfort, y estos lo envían a: Guatemala. Salvo mejor vía. La consignación debe hacerse por la casa de Gutheil.–Así, podrá enviarme, de mis libros viejos, los que, para la abarcadora instrucción general que intento, me hagan falta.–


Aquí, pues, pongo punto, y diciéndolo a quien más quiero en México, digo: adiós a México. ¡Si los pueblos fueran hombres, y se pudiera abrazarlos! Nada tiene su pueblo más generoso y amable que Vd., y en Vd. lo abrazo.–


Aún me quedará tiempo pa escribir sobre los cuadros de Manuel.– Siempre lo tendré para acordarme de que no son solamente hermanos los nacidos de iguales padre y madre.–Hay otros, y Carmen y yo los tenemos en mucho. Y volvemos o los esperamos. Ámennos. Bese a sus hijos.


JOSÉ MARTÍ


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