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Esteban Barbera: Cuentos


Conversación de una damita y sus zapatos.

Los zapatitos me aprietan.
Yo me los sacaría (¡Así! Como con un golpe seco hacia arriba y que vuelen lejos) pero no…los zapatos son como mascaritas para los pies, ¿lo notaron? Uno no puede andar por el mundo con los pies desnudos.
En este mundo careta y torcido la gente anda mirando al piso. Yo pensaba que estaban tristes. Pero no. ¿Saben por qué hay tanta gente mirando hacia el piso? El otro día me di cuenta. Porque la gente te mira los zapatos. Una mujer vale lo que sus zapatos. Nosotras, nos pensábamos que, o éramos rubias o morochas, o tal vez coloradas, pero no, nosotras somos los zapatos que usamos.
Somos tacos aguja, o chatitas, o de cuero, en punta, altos, dorados, negros, de plástico, tipo bota, tipo botín, o simplemente zapatos viejos.
Mi madrecita, siempre me dijo que en la vida hay que hacer sacrificios. Yo tardé en comprenderlo, pero lo entendí. En la vida, hay que aguantarse que los zapatos te lastimen el talón, o que te machuquen los pies, que te aprieten las carnes, o que no te dejen correr, o andar haciendo equilibrio en el cordón. Hay que ser valiente. No importa que se te encarnen las uñas, o te lastimen el dedito chiquito. Las ampollas son símbolos de dignidad femenina. Porque una mujer, si ha de serle fiel a algo, es a sus zapatos. Una no puede abandonarlos.
Una tiene el valor que tienen sus zapatos, mientras más caros, mas vale uno….ya nadie ama los pies descalzos…nadie...a pesar que las cosas más lindas de esta vida, pasen cuando uno está descalzo.
¿Has sentido el pasto en tus pies? ¿Te ha quemado el asfalto la planta del pie? ¿Te los ensuciaste en la tierra alguna vez? ¿Has vuelto a tu casa, con las patas negras, negrísimas, y una sonrisa en tu cara?
Ya nadie esta tan vivo, ya nadie es tan libre. Nosotras estamos presas. De los pies. Todas y cada una de nosotras.
¿De qué manera puedo ser verdaderamente libre, si tengo los pies metidos en esto?
Los zapatitos me apresan. Pero me la banco.


Los portadores de pecas - I, II, III & IV.
A los portadores de pecas, por las causas comunes.
I
Vos sabes, los portadores de pecas, hemos crecido escuchando que nos salpicaron con mierda, y nos tapamos la cara con un colador, y ya esta bien, ese chiste sólo nos hizo gracia las primeras cinco veces.
Yo compro la historia que escuché el otro día, en la plaza Güemes, en Palermo. Una abuela le hablaba a su nieta. Ella, colorada y pecosa, casi en llanto, se quejaba de sus pecas. Y su abuela le decía que si la inocencia hubiera de tener un color, ese color sería marrón. Y que las pecas, no son otra cosa que las manchas de la inocencia con que Dios nos salpicó a cada uno cuando nacimos. Y, por supuesto, algunos se han atajado demasiado bien y no tienen ni una sola peca, en cambio otros han agarrado un colador y así les ha quedado la cara. Las pecas son marquitas de inocencia. Y que no tenía que avergonzarse, porque la inocencia, es un valor y no un defecto.
Pues claro que se que Dios no se ocuparía de andar salpicando de inocencia a los bebes, él tiene que estar más ocupado haciendo que un arquero ataje un penal o a un estudiante le toque el tema que estudió o a un tipo la vecina le de bola. Pero he comprado la idea. Cosas que le ocurren a uno cuando esta dispuesto a que el mundo sea lo que uno se cree, por unos momentos.
Más aún cuando de niño he tenido muchas pecas, y con el tiempo las he perdido. Pero puedo estar tranquilo; si me miro en el espejo de cerca, todavía me diviso alguna.
Los portadores de pecas tenemos una ventaja respecto al resto, y se puede ver a simple vista.


II
Te dilato las pupilas, a besos lentos. Resbalo la curva y contracurva de tu cintura. Choco contra los botones de camisa. Descubro las pecas en tu pecho y dudo. ¿Puede el erotismo ser tan inocente?
Habrá que hacer equilibrio, como un funambulista, sostenido entre las pecas de tu pecho y dejar caer la duda junto a tu corpiño. Mi peor decisión en este momento, sería abrir un debate acerca de las diferencias entre pecas y lunares.

III
Los portadores de pecas, defendemos el derecho al delirio. Tenemos derecho a caminar por los cordones creyendo que son hilos suspendidos entre dos edificios altos. Tenemos derecho a creernos que las damas nos seducen en cada saludo. Tenemos derecho a pensar que mañana va a llover licor de chocolate, y la humedad se va a condensar en las ventanas como galletitas recién horneadas.
Los portadores de pecas, hemos crecido creyendo que el mundo se apoya sobre dos rosas, cinco unicornios, y veinte pinos.
Los portadores de pecas estamos convencidos que el hambre, la injusticia, la guerra, la estupidez y la pobreza se van acabar. Y cuando eso pase, la mitad de los abogados se van a evaporar y volverán al infierno. La otra mitad va a quemar los libros de leyes y se dedicará a escribir poesía con rimas consonantes, plantar árboles y tener hijos.
Los portadores de pecas, tenemos derecho a pensar que el sol nos guiña el ojo. Tenemos derecho a pensar que todos los pájaros del mundo están ejecutando una sinfonía por separado, y un día vendrá a la Tierra quien pueda hacernos escuchar esa sinfonía al unísono.
Cosas que le ocurren a los portadores de pecas, cosas que les ocurren a quienes están dispuestos a vivir en un mundo de fantasía, cosas que pasan si te convences que el mundo puede ser lo que uno siente que es.

IV
Los portadores de pecas también nos equivocamos. Hemos maldecido a Newton e intentado abolir la ley de la gravedad. Creyendo que esta imponía que había que hacerse problema por todo, que todo era importante, y cualquier cosa fea que a uno le pasará era grave.
Que tontos, sólo es la que hace caer las cosas.
NOTA: Algunos portadores de pecas no han desistido, e intentan abolirla de todos modos. Les parece simpático que algunas cosas no caigan, excepto los gobiernos bobos. No están de acuerdo con que el planeta los intente mantener con sus piecesitos sobre ella. Adicionalmente, ellos sostienen que las cosas deben caer porque alguien las tira y no porque la tierra las atrae.





Los portadores de pecas VIII : La lección de Alicia.
Alicia se hunde. Se deforma la cara contra el hombro de mamá.
-¿Qué te pasa?- pregunta mamá.
La palabra sale muda. Mamá entiende, un poco. Mamá sabe, cuando no salen las palabras, hay que aprender a escuchar los ojos.
Alicia llora. Llora por el sueño que se hace chiquito y se le mete en el lagrimal, y sale, rueda, como una bolita de nieve bajando por su rostro, y cuando es demasiada tristemente pesada, se despega de su cara y estalla en el piso. Y así descubre el ruido que tienen las pérdidas.
Alicia llora. Llora porque la inocencia le encandila los ojos. Y no ve. Que mira para allá, que se estira con las pestañas, que se alarga la pupila, y nada.
Alicia llora. Llora porque hay muchas equis, y no es fácil. Llora porque reemplaza y reemplaza; ¿y la solución? No la encuentra. Y apoya el oído al pecho de mamá, a ver si escucha.
Mamá le mira los ojos, y ve: las equis, el sueño, y la inocencia. Le dibuja un remolino en el pelo. Le desordena la cabeza. Fuerte. Porque sabe, si le desordena la cabeza, Alicia piensa de otra forma y la tristeza se termina poniendo patas para arriba y se confunde, se marea y se atonta. Si tiene suerte, se cae. Y así, descubriría el ruido de la tristeza cuando se rompe contra el piso.
Harta de llanto, Alicia se levanta y se mira al espejo, y comprende la lección. Por más que llore, que refriegue su cara en el hombro de mamá, por más que las trizas de tristeza no se desparramen en el piso; las lágrimas no borran las pecas. Y mientras haya pecas, habrá sonrisas.
A veces tardan.


Tsunami
"Se va a la ola a beber... y chau!
va la ola a joder... y chau!".
Indio Solari.


Que lindo. Sentir las olitas frescas que pegan sobre el pecho. El sol quemándote los brazos y la arena raspando en la espalda, lenta. Para pasar el tsunami, hay que dejarse llevar. Sino carece de sentido, es como tratar de respirar con la nariz tapada. Hay que mirar fijo y después perder el foco. Y cuando sucumbe el mar, hay que agarrarse de las copas de las piedras, a veces fuerte, y otras, casi tan débil que uno sienta que se va soltando, casi como si las yemas de los dedos se deslizaran. Mi consejo es: primero permanecer de cara al sol, dejar que los rayos te violen los poros. Ceder espacio al silencio, para desgarrarlo de suspiros, cuando la espuma de las primeras olas, te humedezcan los dedos del pie. Dejar que la violencia vaya ocupando su espacio, eso es básico y natural. Y después, cuando las olas se alargan, cuando te empiezan a cubrir, y no antes, darse vuelta, tratando de montar la ola. Hacer el intento por planear y domar las olas. Y ahí si, hay que tratar de ahogarse, pero sólo un poco. Dejar que el mar te maltrate otro tanto, empujando y zamarreándote. Se puede devolver la gentileza al mar, siempre con la misma intensidad. Cuando uno presienta que el tsunami ya este cediendo, se puede agitar con las manos el agua, a fin de desafiarlo, para que renazca, sino, simplemente se puede optar por dominarlo, hay que tomar impulso hacia arriba, y caer sobre la ola con fuerza, y permanecerse duro y quieto, hasta que el mar se retire. A partir de ahí, es historia conocida, sólo hay que esperar que haya otro tsunami….y lamentablemente, ¡desconozco cuando es eso!


Nota al pie: Dedicada al tsunami del 11 de Marzo de 2011, a los hechos que lo desencadenaron, a Punta del Diablo y principalmente a quienes entre tanta tempestad, aun encuentran la forma de dominarla.
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