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Claudio Félix Portiglia: Poemas

Claudio Félix Portiglia nació el 13 de enero de 1957 en Junín, ciudad en la que reside, provincia de Buenos Aires, la Argentina. Es Profesor en Castellano y Literatura, egresado en 1980 del Instituto Superior del Profesorado Junín. / PorRolando Revagliatti´

1

La uña grababa en la pared las iniciales de aquellos arrebatos
el amor todavía era una idea
y llegaste a creer con fundamento que futuros corsarios orbitales
un día encontrarían esos signos
los llevarían hasta sus planetas
un consejo de sabios al efecto descifraría el código escondido
sentaría las bases necesarias de la nueva conquista
dispondría recursos y estrategias
para que una civilización ya devorada por el azar del tiempo
recupere su voz se haga visible
en dos o tres grafías cuneiformes



2

No soltaste una estrella
soltaste un quejido doloroso que acompañó el zumbido
justo a vos te pasaba
tanto tiempo llevabas arrastrando tacuaras desde el vado
cortándolas finito
midiéndole los tiros con destrezas que enseñan las derrotas
pe…

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Juan Carlos Villalba: Cuento "Cleto"

El “Negro” Iñiguez había escuchado una palabra nueva, desconocida y extraña para el escaso vocabulario barrial, y aunque no sabía su significado y mucho menos donde aplicarla, la atesoraba secretamente, esperando el momento de lucirse ante los vagos de la esquina.

Por esos días vino a vivir al barrio (al caserón de las Viejas Burgos, en Mitre y Don Bosco, Escobar) un pibe nuevo.

La expectativa por conocer “al nuevo” era muy grande y todos en la esquina esperábamos el momento con ansiedad.

Cuando aquel pibe apareció en la puerta del caserón, el “Negro” Iñiguez “encontró” el significado de aquella palabra secreta y “entendió” que era el momento de aplicarla.

-¡Qué feo! (gritó), parece un cleptómano.

En ese instante, y por desconocimiento del idioma, nacía un apodo que acompañaría para siempre a este nuevo vecino.

Lejos de saber su significado, aquella palabra nos sugería algún tipo de monstruo antediluviano, alguna especie extinguida, algo horrible.

Carlitos, tal era el verdadero nombre, pasó a ser un compañero más de juegos y travesuras y un querido amigo para toda la vida, pero en aquella etapa de nuestra edad, su apodo podía variar según el grado de enojo o empatía del momento.

“Cleto”, “Cletito”, para los momentos de armonía. “Cleptómano”, para un poco de enojo, o, para la antesala de las piñas, “Cleptómano de mierda”.

Lo mismo ocurría con el “Bagre” Herrera, cuyo apodo variaba desde “Bagre querido” o “Bagrecito” (momentos cordiales), “Bagre amarillo”, (cierto grado de fastidio) y “bagre bigotudo” o “bagre sapo”, que ya significaba una pelea a piñas encarnizada.

Cleto vivía con su mama y el Tío Lucho (“Lucho y el Tren”) en una de las habitaciones que las viejas alquilaban, con cocina y baño compartido con otros habitantes del lugar.

Desde muy chico trabajó para ayudar a su familia y conservó hasta muy entrada su edad, una sonrisa amable y el gusto por algo que lo hacía tan feliz como en la infancia: andar en bici sin manos.

Por Juan Carlos Villalba – 30 /12/13 – Desde Escobar / Argentina
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