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J. Gustavo Catalán Fernández: El test del ascensor

Para conocerte un algo mejor, saber de tu talante, recursos frente al prójimo, ensueños o fijaciones varias, no hay como montar en ascensor. En esos 116 segundos, que son la media de un trayecto según he oído (salvo que vivas entre rascacielos), te será dado recurrir al disimulo, la imaginación o la memoria. Y tienes poco más donde elegir.


El ascensor es psicoanalítico y es una lástima que Freud no reparase en ello. Tal vez aún no se habían inventado. Tengo que averiguarlo. Si vas solo, será las más de las veces un paréntesis para la rumia interior. Pero cuando acompañado, actitudes y comportamientos, en un muestreo poblacional amplio, darían para una tesis. Si más de dos, observar con fijeza techo o pared de enfrente mientras te hurtas hasta donde puedas del contacto físico (las apreturas en el ascensor ponen de los nervios a la mayoría) suele ser la regla, y las paradas que retrasan tu llegada, casi malintencionadas. ¡Como si tuvieras tiempo que perder! Y dejaremos pestes o aromas para otra ocasión porque conviene centrarse en el viaje en pareja, que es cuando podrás mostrarte sin afeites. ¿Dónde pondrás los ojos de ser varón o anciana tu acompañante? Obviamente me dirijo al sexo masculino, aunque es perfectamente extrapolable al otro. ¿Permanecerás mudo o hablarás del tiempo si el recorrido va para largo? ¿Responderás con monosílabos de venírsete encima la logorrea?

Pero imaginemos que es una mujer de buen ver quien respira a tu compás. Junto al varón sesentón: esa edad en que nos hemos vuelto transparentes a los ojos de ellas. ¿Reseguirás su perfil anatómico, aprovechando la cercanía y que no puede huír? En ese caso, bien podría afirmarse que no existe mal que por bien no venga. Pero vayamos más allá: ¿y si, en correspondencia, te sonriese? Porque, y aunque sólo sea hipótesis, también el ascensor podría convertirse en efímero paraíso que permitiera decir aquello de Becquer: “Hoy la tierra y los cielos me sonríen… Hoy la he visto, la he visto y me ha mirado…”.Claro que, por lo general, que entre esas cuatro paredes termine todo cuanto antes suele ser lo deseable y, sin embargo, ¿por qué no soñar? Decía Chesterton que lo extraordinario de los milagros es que suceden, así que, aunque en tu experiencia y la mía no haya sino miradas huidizas o el pedo aquella vez, no asumas que el futuro en ese espacio agobiante vaya a ser siempre el mismo que fuera de él; con pocas sorpresas por no decir ninguna. ¡Que Hacienda te ha perdido la pista, caramba! Y tampoco corres el riesgo, encerrado y en movimiento, de topar con cualquier político que quiera organizarte la vida. Eso será tras abrirse la puerta y volver a la cruda realidad. Entretanto… Quizá, alguna vez, aunque no nos sea dado vivirlo, pueda ser una pena que sólo dure 116 segundos. Por cierto: no sé qué pensaría Freud de todo esto aunque, de haber viajado en ascensor (aunque sin el puro, por mor de la ley), sabríamos con seguridad por qué se le ocurrió lo de la interpretación de los sueños.
Fuente: http://gustavocatalanblog.com
Antología en La Revista
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