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Roberto Alifano: Cantos al amor maravilloso


Canto primero por Roberto Alifano

Amor mío, si todo lo que amamos
se va junto a la brisa,
soñemos con los pájaros que emigran
entre el día y la noche
hacia nidos lejanos sin distancias
donde el sol no reclame nuestras sombras.

Muy leves en la lluvia,
felices y abrazados al asombro,
los árboles no viajan
sino con el murmullo de sus hojas
o el vagar de semillas
y recorren instantes
que la luna y el viento celebran sobre el mar.
Y nosotros, amor,
alejados del tiempo para siempre,
mezclados a una nube,
volaremos entonces sin retorno,
unidos como cielos en el agua
con la antigua ilusión en nuestros labios
y esa dulce palabra repetida,
diciéndonos por siempre “nos amamos”.


Canto segundo
Cuando la tarde tiene la hermosura
de mil pájaros juntos
volando tenuemente a las estrellas,
amarte es más deseado que volar.
Oh, milagro de verte en la penumbra
a la luz de la luna
tendida hacia el silencio del ensueño,
tu mejilla en la almohada.
Preciosa maravilla de tu cuerpo,
nocturnamente terso,
rumoroso de peces destellando.
Mi bella iluminada,
como línea infinita que no puede atraparse,
rendido ante el asombro,
quisiera retenerte en mi pupila.
Amor, no hay nada más que lo que amamos.
Nacemos cien mil veces
al arrullo de espejos y caricias
y entre besos sellamos nuestros labios
en dos labios
que un labio sólo besan.


Canto tercero
Desde aquellas colinas,
donde hay dioses pactando con el frío
y el sol vuelve a su origen
es un poco del viento la pena que nos llega.
Colmadamente pródiga
la suave lluvia verde mordiéndote la espalda
y aún más bello que el cielo
tu pelo entre mis dedos.
Tu pelo, puro sol de mediodía,
más allá del silencio,
volando con sus alas de dulzura.
Deseado paraíso de tu pelo,
como esas quietas playas insaciables
donde niños azules
construyen sus castillos en el aire,
sediento yo en tus brazos,
tirito como un lirio ante el crepúsculo.
Déjame recorrerte beso a beso.
Por ti, oh deliciosa,
siguiendo yo la línea de tu espalda,
hechizado de luna,
me conduzco a ese sitio,
ceñido de misterio que ilumina.


Canto cuarto
Dulcemente, amor mío,
en magias de la sangre y la inocencia,
no sé si como flor o como vuelo,
latiendo de infinito,
tu cuerpo de ti misma se abandona.
Hay instantes que no nacen del tiempo
y alborotan rebaños;
hay bosques melodiosos de ternura
donde todo es del aire
y el follaje se viste de tus ojos;
tus ojos en mis ojos que te miran.
Eres bella, mujer, y tu sonrisa
un rosario de rosas;
toda el agua del mundo tus pupilas;
montañas y colinas
son el tierno planeta de tu piel;
el alba milagrosa son tus senos,
y tus piernas
titanes deslumbrantes que sostienen
la cima de tu nombre y de tus formas.
Desnuda eres del aire,
las avispas reposan en tus hombros,
tu cintura es un astro
que gira alrededor de tus caderas
y tu sexo un misterio
que esconde su secreto.
Como ángeles que juegan en las olas,
compañeros ardientes de la vida,
sensuales son tu labios,
tantas veces tus labios de ti misma,
sedientos infinitos,
mensajeros de paz y de dulzura.


Canto quinto
El buen tiempo del cielo abre sus párpados
y una ola serena es todo el mar,
todo el mar bullicioso
de sirenas que cantan a la luna.
Como esos duendes que acumulan reinos,
por detrás de mis ojos,
tu corazón es ya mis ojos que te miran
cien veces a ti misma
y el sol es un cristal que con orgullo
sonríe en tus mejillas.
Soñar y estar aquí,
contigo a mi costado dulcemente
en la infancia de un viaje.
Todo vuelve al origen,
el viento que no encuentra su destino,
las olas y la luna tantas veces,
todo el mar que es el mar
plural reflejo,
y en un desorden claro de gaviotas
su música de espumas.
Ah, placer de tu amor como una seda,
tus labios sin palabras,
todo el mar solo el mar,
el mar sediento,
que respiro en aromas de tu pelo.


Canto sexto
Nadie ha vuelto a encontrar aquel enigma
que envuelve los cipreses
a la hora en que el sol cumple milagros
y las hadas emprenden el regreso
cabalgando en la brisa.
En inquieto no estar,
el arpa de los vientos entona melodías
y despierta gacelas en las nubes;
de manera que en todas las tormentas
amanece una estrella
que olvidan los amante presurosos.
Como luz detenida y en acecho,
un jinete maligno,
pertrechado detrás de la colina,
fatal ya nos apunta;
y tú, oh salvadora,
alborotas un canto de luciérnagas
que confunde al otoño.
Ovillando el desvelo,
inmóvil en la sombra, pero en vuelo,
me proteges, amor,
tú me proteges;
y en uno para el otro es el principio.
Muy ceñidos formamos esa patria:
donde yo soy la luna
y tú aquel manantial que la refleja.


Canto séptimo
Desde una nube blanca y hacia dentro
mi bella fugitiva,
con música de ausencia en la pradera
excitas los centauros
que galopan detrás de la tormenta.
No encendamos la lámpara,
hay sombras abrazadas por los dioses
que no tienen reflejo
y una bruja asesina las ataca
con un rayo apagado.
¿Qué tristeza te envuelve cuando duermes
en cascadas de bruma
al compás de guitarras melodiosas?
No encendamos la lámpara.
Al igual que los duendes que acarician las piedras
y conmueven un reino,
allí donde la luz quema y no brilla,
tú, mi amor, en mi abrazo.
Somos de agua y de fuego,
de modo que una lágrima inocente
nos embosca de pronto
y el alma y corazón a la deriva.
Somos de agua y de fuego.
Despertamos, amor,
y un sueño se nos quiebra en el crepúsculo.


Canto octavo
En casto corazón y dulcemente,
refugiado en tu pecho,
yo, náufrago en la noche,
voy adentro de ti como una música.
Podrán quitarme el aire,
el aire que respiro y es de todos,
jamás nuestro latido.
Tus dos ojos se hunden en la brisa
y rescatan mi sombra;
en tu mano la luz se hace ventana,
que hacia dentro ilumina,
cada vuelo que das es un rocío
de aromas deliciosos,
otra nube que nace de tu esencia.
Mi amor maravilloso,
es hora de recluirme en tu morada
y arroparme en tu pecho;
yo sueño ese país donde la pena
es un árbol sin prisa
aún más raro que todas las rarezas
y el prodigio este instante
que una estrella desciende hasta tus ojos.


Canto noveno
Hasta las escaleras cortadas por la lluvia
llegan voces de brisa;
todo el cielo se hunde en una nube.
Oh tierno cuerpo a cuerpo entre dos alas
cuando madura el alba
y un mago nos predice otro milagro.
¿Acaso queda contemplar las flores
que nacen en las piedras
y azules se disputan el invierno?
Sin pensar en la muerte,
amar es despojarse de los nombres,
caminar como un árbol,
inmóvil en las hojas y hacia adentro,
dejar de ser fantasma,
ser un astro pequeño entre las manos,
descubrir una estrella,
contemplar a la nada hecha dulzura,
tocarnos la raíz,
recordar el asombro de estar vivos.
Oh delicia de ti, toda en mis brazos,
y al soñarme yo en ellos
el mundo reverdece maravillas.
Sólo aquellos que aman
descubren la palabra
pronunciada por Dios al crear el mundo.


Canto décimo
Con ojos tristes de los prisioneros
que contemplan la lluvia
cayendo sin sonido sobre el mar,
el pasado es la hoguera
y el futuro un país inalcanzable.
No hay nada que retenga lo que amamos,
apenas un instante
es el sueño que adorna nuestros cuerpos.
Asombrando distancias
gocemos con los pájaros que viajan
entre nubes y lagos silenciosos
a la espera de un nido.
Partiendo en dos la noche,
inmóvil de quietud hay otro adiós;
este viento cercano,
que danza enloquecido ya en la sangre;
las rosas y los ríos
batallas del amor que sobre plumas
tendremos en el lecho.
Oh vértigo, caer en infinito
ardiendo apasionados
y rondando la carne tiernamente
torbellinos de lirios.
Mi amor, tú y yo, muy solos,
sin palabras,
vibrando en la campana de un alcázar
ahora en que nosotros
formamos inocentes esta rosa.
No te apartes de mí y en un instante
volaremos encima de las flores
hacia eternos lugares
que crecen entre furias desatadas
y el alba los saluda
con un canto de luna sobre el ala.

Fuente: Letras de Chile
Antología en La Revista
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