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Poesía salvadora por Mora Torres

Dudé muchísimo, amigos míos, sobre el tema que toco hoy en mi post. Sé que este es entre otras amenidades un espacio didáctico, adonde concurren estudiantes y viejos estudiantes, es decir, todos -todos estudiamos alguna cosa secreta-.
Al pensarlo otra vez, me pregunté por qué había dudado.
El post, modestamente y mal escrito, con varias repeticiones y aliteraciones sin sentido, sirve muchísimo sin embargo.
Es pura prevención.
Los que recuerden claramente su infancia podrán contribuir a alertar a nuevos y desguarnecidos padres; yo lo hago con todo el amor de mi alma, y también, con cierta orgullosa valentía.
Un gran beso, un abrazo fuerte - Mora // Fuente: Monografías

Claro que yo leí Crimen y Castigo (Crimen y castigo) y a De Quincey con cierta ligereza (Los caminos de -hacia- Parménides), pero fue mucho antes de eso, fue casi desde el día en que en el sanatorio donde nacía mi hermano -y por lo tanto yo no podía tener más de un año y medio- me di cuenta de que era una persona, que sentía mi ser, pequeño y definido, como un punto, como una estrella o una mesa: era (Contra el chip filosófico).
Y fue desde entonces quizá que sentí esas oscuridades peligrosas de mi ser, esos deseos como de cometer un acto irremediable, matar, zozobrar, flotar en esas tinieblas que eran el infierno y que colgaban iguales a cortinas negras de todos los lugares de mi casa de infancia (La escena en Foucault); el negro aburrimiento era una bruja que iba a buscarme y me llevaba de la mano hacia todos los juegos, porque en el fondo de cada diversión había un hueco con un cartel que yo aprendí a leer perfectamente que decía “la alegría no es verdadera”, o “la alegría no está”, o “la alegría no existe” (Universo consciente).


Tenía siete años cuando hice la comunión y ya desde entonces casi no dormía (Religiones). Era el fantasma del -voy a nombrarlo otra vez- infierno verdadero, con fuego y con demonios, al que yo había empezado a temer en las clases de catecismo el que ocupaba todo el espacio de mis sueños. Había una oración de la cual ya no recuerdo más que la palabra pompas unida a demonio y a mundo con la que yo quería desterrar del corazón todo ese sufrimiento, pero a qué precio…
Era, o así lo entendía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul anodino donde se contemplaba eternamente el rostro barbado de Dios, donde una también se aburría infinitamente pero estaba salvada, al menos un lugar donde una no se quemaba para siempre.
La oración que había aprendido a rezar con más unción la había inventado yo misma: -Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas… -al rezarla imaginaba un sencillo paisaje de hierbas y de flores y allá abajo yo estaba sola, solo mi cuerpo. Y mi alma había muerto.
No era particularmente sedante esta visión, pero cuánto lo era al lado del eterno martirio que era lo más seguro y esperable para mi alma pecadora. Era un campo de estrellas y el cielo negro lo que veía por la ventana, por las noches, y a veces el corazón me empezaba a palpitar con gemidos de alegría. La belleza me incendiaba de vez en cuando al decir esta oración que yo inventé, y pasaba un calor delicado y precioso de mi cabeza hacia mi pecho. Pero estas sensaciones eran tan intensas que llegaban a ser dolorosas y necesitaba terminar de una vez con la visión.
Me decía, me mentía, entonces a mí misma que los Reyes Magos estaban en los halos de luz, que la noche era perfumada, y ¡basta! La alegría dolía en pleno corazón y se convertía en una angustia espesa, sofocante, que me hacía llorar, y entonces en el llanto más triste encontraba por algunos instantes aquella paz desconocida. ¡Oh infancia donde llorar era el consuelo!
Me olvidaba de mí misma llorando, la mecánica de llorar me arrebataba toda, y después me dejaba como muerta, como si ya hubiera llegado a esa nada tremenda, soñada y esperada.
Había algo que ahora, en plena posesión de mis recuerdos más viejos, se me aparece como que hubiera cortado mi infancia en dos mitades. Era el sexo, por supuesto, el misterio del sexo, pero más allá todavía, la crueldad que había en él.
Ahora de grande, ya llegando a la vejez, sueño a menudo con una criatura recién nacida, una niñita increíblemente pequeña que tiene mi mismo rostro y a la cual yo acaricio hasta llevarla a un clima de amor irreversible. La niñita sufre y goza al mismo tiempo, finalmente muere en mis brazos en una agonía infantil y sensual y yo despierto gritando, sientiéndome como siempre la asesina, la siniestra, la loca. Me levanto y corro a mirarme en el espejo y, como todas las veces, hay una arruga más, mi cara es como la de una vieja flor amarilla, mis ojos brillan con hilillos de sangre condenada, la boca pálida y abierta me afantasma más.
Entonces recuerdo también que no estuve lejos, en la realidad, de aquello que mi pesadilla me trae.
Cuando yo tenía ocho o nueve años, vivía al lado de mi casa una beba de la cual su niñera era amiga de la mujer que me cuidaba a mí.
Y yo, explotando mi preciosa cara de ángel o de santa, había accedido a cuidar a la bebé, que tendría más o menos un año, con lo que las dos niñeras aprovechaban la oportunidad para reunirse y hablar a solas, dejándome a mí con la nena.
Imposible narrar las mil maneras en que yo la apretaba como un juguete nuevo o mi mejor muñeca a esa niñita; la ponía de cabeza, le retorcía las mejillas, le mordía las piernas, con lo que me procuraba un placer tan culpable y exquisito que era difícil renunciar a él, aun bajo el terror de la condenación divina y la piedad que sinceramente me producía la niña.
Todas las noches me prometía no hacerlo nunca más; todos los días se me ofrecía la ocasión, que no podía eludir, de hacerlo, hasta que seguramente los moretones y los llantos de la chiquita terminaron por advertir a su nodriza. Pero nunca nadie me dijo nada, nadie me castigó, solo mi remordimiento me castigó para toda la vida.
Poesía salvadora
En tanto, iba llegando la poesía. Todo lo que empecé a leer de esa Diosa Blanca, noche tras noche, se convirtió en algo místico y eterno. La poesía me salvó del infierno y del cielo, me puso un paraíso en medio de los dos.
Todavía tengo junto a mi vaso con agua un libro de versos en la mesa de luz. Cuando no puedo dormir lo abro en cualquiera de sus páginas, y de vez en cuando cambio el libro. Pero muy a menudo se trata de Poesía lírica del siglo XVI.
Anoche sin ir más lejos encontré a Fray Luis de León al abrir el libro, y quiero que compartan unas estrofas:
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.
No cura, si la fama
canta con voz su nombre pregonera
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Despiértenme las aves
con su cantar suave no aprendido,
no los cuidados graves
de que siempre es seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Mora Torres
Antología en La Revista
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