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Simón Esain: entrevista de Rolando Revagliatti - 2ª parte

Continuación: Simón Salvador Esain (pronúnciese esáin) nació el 30 de agosto de 1945 en Maipú, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Desde mediados de 1970 reside en otra ciudad de la misma provincia: Chascomús. // Por Rolando Revagliatti

3 - Desde hace décadas residís en Chascomús, esa otra ahora no tan pequeña ciudad (y su laguna) que para mí es encantadora (hasta he fantaseado con mudarme a ella). ¿Cuál es tu visión de Chascomús, en cuanto al quehacer literario, desde que la adoptaste hasta la actualidad? ¿Cómo has contribuido, de qué modos te has ido involucrando en lo que solemos denominar "lo cultural"? Y paralelamente, ¿a qué tareas remuneradas te has ido dedicando?

SE - Sí, Chascomús es una ciudad encantadora e incluye entre sus encantos la ilusión de mudarse a ella. Viví esa experiencia del lado agradable, digamos. Teniendo en cuenta que el quehacer literario desapareció de Maipú en cuanto sus padres se llevaron a Leopoldo Marechal, igual fue deprimente lo visible bajo tal denominación que aprecié en Chascomús. Te confieso mi sospecha de que donde debiera tener el criterio habita un bicharraco. Acá hay escritores desde que tienen memoria unos de otros; la memoria local es selecta porque en algún momento se lesionó.

Reconozco que las novelas europeas nos mostraban cenáculos rumbosos, distantes, prohijadores de famas llegadoras. He crecido reparando en esa cara de lo lejano, ajeno, de lo apenas apreciable desde acá. Que te hace concebir lo que no sos como impropio de lo que sos. Una mora o una rémora, en el mejor de los casos como puede serlo el mío. Porque no entendí que acá, a escala menor pero no menos valorada, incurrían en lo mismo. ¡Misántropo de mí! Una de mis primeras novelas preferidas fue “El extranjero”, de Albert Camus. También amo “El principito”, pero como cábala falló.

Puedo decir que en Chascomús he vivido de las letras, pero dejandolás pintadas en paredes, vidrieras, vehículos de transporte, carteles, automóviles de competición varios de ellos campeones. Que en cuanto me enteré de talleres de literatura fui, sin tener en cuenta que nadie del ambiente considerado en sí propio (Dolina dixit) iría. Un taller que empezó a darse en la Asociación Bancaria y que terminó funcionando en mi casa, fue decisivo. Por primera vez sonó la palabra postmodernismo en Chascomús (¡un redoble ahí!). Fue decisiva una visita de Néstor Sánchez, el amigo de Cortázar, a comer asado en casa. Ya habíamos creado el MAYA; y desempolvado y expuesto poemas a víctimas de la dictadura. (¡Un médico a la derecha!) Estábamos vivos. ¡Pero cómo no!... si la dictadura genocida había pasado y Raúl Alfonsín era presidente de la república. Hicimos circular “La Silla Tibia”. Me encargué del taller literario del MAYA durante cuatro años. Celeste Diéguez ganó la medalla de oro en poesía y un viaje a España. ¡Ole! Hasta sucedió que vinieran dos chicos de Maipú que se colaban en el tren de venida y de vuelta… ¿Oíste, Marechal? ¡Qué hermoso! Qué caradura o qué falta de otras cosas, ¿no? Creo que ilustrar con esto me evita describir lo otro. ¿Me lo aceptás? Chascomús desconoce a Juan Antonio Vasco que está enterrado acá, y venera a Baldomero Fernández Moreno que está enterrado allá. Quise dar vuelta eso pues de otro modo no va a suceder. ¿Se podrá?


Sí se puede. Aunque me suene horrible que sea posible la cosa imposible. Aunque los jóvenes más capaces e inquietos se nos sigan yendo a las metrópolis y se vea eso como éxito, algunos envejecidos quedamos o vienen de tanto en tanto. Como que la SADECH sigue andando y este año organiza la sexta o séptima feria del libro en Chascomús; se siguen publicando libros aunque ya no se sepa para qué; funcan dos o tres talleres y de tanto en tanto alguien de acá lee algo que me gusta. He tratado de molestar poco con mis opiniones y eso me envolvió en una mala fama persistente, tan persistente que un día comenzarán a considerarla sólo fama. Aquí, mi único libro exitoso es uno que apareció bajo nombre de otro. ¡Con decirte que al taller donde concurro, frente a mi casa, lo denominaron ‘Impulso foráneo’!

Una vez me convencí que me habían dejado desocupado para siempre, hundido en esa mi condición soñada, me dediqué a un montón de actividades pero, lamento informarte, ninguna de ellas remunerada. No importa; en nuestra comunidad siempre aparece alguien que sufraga cobrando.

Un día (nomás unas horas) ¿podré darme el gusto de traerte a Chascomús a vos, a Roberto Malatesta, a Ale Schmidt, a Rubén Vedovaldi, a Juan López, a Jorge Omar Altamirano, a Eduardo D’Anna, a Osvaldo Bossi, a José Emilio Tallarico, a César Cantoni, a Celeste Diéguez, a Celia Fontán, a Ana Emilia Lahitte, a Cynthia Sabat, a Alicia Gallegos, a Emilce Rotondo, a Ketty Alejandrina Lis, a Anahí Lazzaroni, tantos otros y otras, verlos sonreír juntos y hacer oírlos en gran anfiteatro, presentados en voz alta y decir: ¡Estos son mis amigos!?


4 - Desde luego, Simón, estaría buenísimo que un festival de poesía en “tu zona de influencia” nos reuniera a los nombrados y a tantos otros y otras, que vos, al principio con Chambers y después solo, fuiste difundiendo en la revista “La Silla Tibia”, la cual mantuviste hasta que fue materialmente imposible. Te propongo que presentes a los lectores de este “diálogo” a través del correo electrónico, aquella propuesta gráfica tuya, artesanal. ¿Cuántas ediciones fueron, durante qué lapso, qué te fue pasando de grato e ingrato mientras la editabas, cómo armabas cada número, qué criterio de selección de textos prevalecía...?


Simón Esain
Simón Esain y su libro


SE - En verdad sucedió que el taller de Pablo Ingberg y la creación del MAYA nos movilizaron mucho y en especial a mí, que me había aislado totalmente durante la dictadura y estaba abocado a la finalización de mi nueva casa, conclusiones que coincidieron en un mismo tiempo y me abrieron un amplio panorama de relaciones y actividades. Pablo nos mostró todo tipo de revistas artesanales y alguna de ellas nos decidió a imitarla desde Chascomús. Chambers propuso llamarla “El Último Perro” pero a mí ya me había picado la imagen de esa silla que permanece tibia en razón de su tarea. Incluso el comprobar la repercusión y posibilidades de LST, hizo que pronto Chambers quedara desplazado por mi dedicación, que suele ser obsesiva. Fui el primero en alejarme del MAYA por diferencias ideológicas y a poco, otro grupo importante me imitó, así que mi casa (justamente diseñada con ambición) pasó a ser por un tiempo, centro de reuniones de los ‘desmayados’, como graciosamente nos calificó una compañera. El mismo taller de Ingberg y algunas propuestas aledañas, funcionaron en casa a falta de un sitio institucional y fue así como nos visitaron algunos escritores desde Buenos Aires, entre ellos Néstor Sánchez.

La edición de “La Silla…” pasó por una etapa de desarrollo y difusión acelerada (de la que fuiste partícipe), momentos especiales como la “previa” al Vº Centenario de la invasión de América por los europeos, ocasión en que me reintegré al MAYA aportando esa misma inquietud. Fueron años cúlmine. En el ’92 mi situación económica comenzó a declinar y la pendiente se acentuaría. De cualquier modo continué sosteniendo la correspondencia, edición y distribución de la revista hasta donde pude y lo mejor que pude. Se armaba con un 70 u 80 % de material inédito, a veces recibido escrito a mano y sin corregir, y el resto elegido entre publicaciones recientes. Además agregaba artículos periódicos de mi amigo indigenista, Enrique Marcó del Pont (Rumiñawi, Piki Chaki y otros seudónimos) y los que secundaran mi visión ideológica. El criterio para seleccionar el contenido era sumamente básico: que me gustara y una calidad suficiente. En caso de percibir errores o correcciones necesarias, consultaba al autor y en general, nos poníamos de acuerdo. Ignoro en qué consistió el acierto, pero “La Silla…”, salvo alguna que otra excepción, recibía una notable acogida. Los números llegaron a treinta a lo largo de diez años. Alguna mereció llamarse Yawar Silla, porque me costó sangre publicarla. Varios acontecimientos se precipitaron y no pude sostener el esfuerzo. Pero mi empeño revela que casi todo alrededor de ella, fue grato, reconfortante. Obtuve algún apoyo económico de los mismos amigos de “La Silla…” (por ejemplo, a la poeta Alejandrina Ketty Lis debo mucho agradecimiento), la Municipalidad y empresarios locales: no el suficiente como para continuar su edición. Tampoco en el ámbito local la revista provocó lo que podría haber resultado de su presencia. Mi complicada situación personal ya pesaba demasiado en mi ánimo y había empezado a militar en varios frentes contra el gobierno reaccionario de Menem, Cavallo y compañía.


5 - Antes de publicar tu primer libro habías escrito cinco poemarios. Me pregunto si los tenés, si los conservás, si los valorás, y si así fuera, si los publicarías. ¿Escribías prosa antes de 1986? ¿Cómo se fue dando tu producción antes de sacar “Indignación de noviembre”? Y como tengo mi ejemplar a mi lado, leído por tercera vez en 2005, voy a tu prólogo, a tus palabras prologales, donde es nombrado “Siberia Blues” de Néstor Sánchez. ¿Cómo perdura en vos aquella influencia? “Una vivencia indeseable: 1989”, leo en la mentada introducción, y leo “Ese fantasma, El Año Inútil”. Ampliemos, te propongo. Expláyate.


SE - Sí, aunque me desentendí totalmente de ellos, conservo casi todos mis trabajos anteriores al taller con Ingberg. Es que para mí escribir había sido un hobby sin mayor pretensión; de escritor yo tenía apenas mi gusto por la lectura y dos años en una escuelita rural. Rescato algún trabajo aislado, como el poema que dediqué a un amigo asesinado por la policía en 1974, y otros que se refieren a visiones de mi infancia rural. Pero no, no los publicaría. Soy muy crítico de mi pretensión literaria, dada mi falta de estudios y capacitación para semejante tarea. Salvo alguna excepción, demoré cuarenta años en escribir prosa. Considero mi primer relato a “El Canto de las Sirenas”, concluido en 1991, y que abre mi primer libro en prosa: “Las Malvinas y otros sueños”. Han pasado casi treinta años desde entonces y por tanto, lo que mi olfato dice de aquella prosa, de nuevo comienza a provocarme desconfianzas.

Fue Néstor Sánchez, a raíz de nuestros comentarios sobre su “Siberia Blues” y “Diario de Manhattan”, quien nos habló de fragmentación literaria y de una postura distinta frente al impulso de escribir. La posmodernidad era algo novedoso e inquietante entonces. Nos propuso repetir una tarea que él mismo se había impuesto: escribir alguna cosa todos los días a lo largo de un año. Fui el único loco del grupo que lo hizo, y reconozco que resultó un esfuerzo tremendo, lleno de tropezones y remiendos. Porque al aficionado la vida se le atraviesa e interpone a cada rato. Creo que su influencia significó la conciencia perdurable del hecho escritural. Coincidió además, con la decadencia del gobierno de Raúl Alfonsín, el resurgimiento de fantasmas que creímos superados, la conciencia de nuestras limitaciones sociales y de nuestra relación con un mundo cada vez más globalizado.

1989 fue un año terrible para mí, plagado de vivencias indeseables, de reversiones, pérdidas, frustraciones. “El Año Inútil”, que es mi fantasma literario, fue el recipiente donde volqué esa amargura y la ironía consiguiente. Sin embargo, de él surgieron mediante un trabajo en el que me empeñé a fondo y en absoluta soledad, seis o siete libros en verso y prosa. Gracias a la entrañable Alicia Gallegos pude publicar algunos poemarios, pero sinceramente, sigo creyendo que me apresuré en hacerlo. Es probable que lo necesitara (no lo dudo) para cortar el cordón que me unía a la experiencia primeriza. Reconozco que el poemario “El momento de ahogarse” describe un segundo esfuerzo destinado a sacar la cabeza del agua, dejar atrás la ironía.

6 - La trilogía de El Año Inútil, comenzada con “Indignación de noviembre”, ve su continuación en “Mayo de 1989 o El humo”, y allí tu Introducción determina que se trata de “otro libro extraído de los borradores de El Año Inútil”. Y llega después la culminación de la trilogía con “Musa interventora”, dedicado “a la mujer más despreciable de la República Argentina”. Te insto, Simón, a que les trasmitas a los lectores, muchos de ellos extranjeros, qué le pasaba a la República en cuestión. Qué te pasaba y qué nos pasaba en dicha República.

SE - Escribí lo que llamo los “Borradores del Año Inútil” desde fines de octubre de 1988 hasta octubre del ’89. A fines del ’88 otras cuestiones me frustraban, además del fracaso del Plan Primavera. Lo grave que nos pasaba, a mi entender, fue la tardía llegada al gobierno (uno de los regalos o lastres que nos dejaba cada dictadura militar) de Raúl Alfonsín, su discurso, sus promesas. Sobre todo tardía porque coincidió con el embate de la ola neoliberal Reagan-Thatcher. Electo Menem en mayo de un ’89 que ya arde y quema, muchas cosas humean en el horno de la hiperinflación sin dinero. Quien no la vivió, ¿puede imaginarse la hiperinflación sin dinero? Menem, un simple oportunista, se subió en julio, anticipadamente, al tren que venía marchando en otra dirección. Designada la hija de Álvaro Alsogaray (uno de mis tradicionales detestables) interventora en la empresa pública de teléfonos, para rifar su privatización, el asco se me volvió completo; en María Julia Alsogaray resumo mi desprecio a una sarta de mujeres que luego se hizo cada vez más larga y pútrida, desgraciadamente (y eso que considero a la mujer como el verdadero sujeto protagonista del cambio histórico en los últimos 45 años).

Ya había sufrido este tipo de cólicos proféticos en el ’62 y en el ’73. Ahora era distinto: dejaba los rastros escriturales de mi desesperación. Aquellos tres primeros poemarios fueron extraídos de los chorreantes borradores sugeridos por Sánchez, y nada parecía suceder por casualidad. Cavallo ministro de economía, Bussi gobernador de Tucumán, Aldo Rico ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, eran porotos comparados a la grosura de lo precedente.

Finalizado el trabajo sobre esos borradores, tuve dos sueños que debieron ser productores de sendas prosas. Uno se titula “La Espadaña”; el otro “La Valija”. No fui capaz de escribirlos y es una cuenta pendiente que no me perdono, porque me enredé en pretensiones en lugar de dar cauce a una creatividad que, es evidente, no tengo. Digo en mi descargo, que mi vida particular de entonces no era fácil. Considero anticipatorios a ambos sueños, es decir, que debieron ser escritos y difundidos oportunamente. Mi consuelo es que, de haberlos escrito oportunamente su difusión hubiera resultado del todo utópica. Han quedado en su condición de anécdotas de sobremesa. Luego traté de resolver algún problema ubicando “La Valija” como relato de un sueño propio que en el otro narrara el protagonista de “La Espadaña”, pero ni así he podido dedicarme a escribirlos. Ahí están, apagados, juntando moho, volviéndose ellos sí, inútiles. Creo que no me dan las fuerzas con que natura me dotó, para trabajos de enjundia, de largo aliento. Con ellos llegué al borde de mi destino literario.


7 - Trasmitamos a los lectores, Simón, que mientras conveníamos este método de diálogo, me enviaste un texto redactado por vos en tercera persona, sarcástico-biográfico, del que yo he capturado el presentatorio detalle curricular. Transcribo un fragmento: “Por romper las pelotas, adopta progresivamente la acentuación conjugacional en los enclíticos finales, como un tiempo antes lo hiciera José Hernández y hasta el mismísimo Mempo Giardinelli. Esto le impidió ganar numerosísimos concursos literarios en los que, por lo general, no participa. Pero dice que procura la consolidación de un idioma netamente argentino.” ¿Qué otras apreciaciones respecto de tu escritura nos podrías brindar? ¿En qué escritores intuís búsquedas más o menos semejantes a las tuyas? Y extemporáneamente –me hago cargo- algo más: ¿Intentaste incursionar en la dramaturgia o en el guión cinematográfico?


SE - Permitime incursionar en el amplio terreno de las decepciones a mi cargo, Rolando, ya que mis respuestas al respecto no saldrán de ese solar. Pasó que observé, no recuerdo a partir de qué antecedente, el modo en que pronunciamos los enclíticos finales, supongo que en razón de ensayar diálogos coloquiales en mis intentos por alcanzar la prosa narrativa. Una frase como: Se quedó mirandolá… permanece enquistada en mi memoria y ha obtenido carácter paradigmático, indesvirtuable. Puse y pongo atención cuando escucho hablar a mis vecinos, a los funcionarios políticos, y al cabo transformé en norma esa acentuación, que es real. Sobre todo porque mostramos poner el peso fonético en la partícula que señala a la persona. Me llama mucho la atención esa singularidad: el acento sobre el lá, el ló, el mé, el lés… También advertir que, al menos hace un tiempo, Giardinelli usaba ese modo en uno de sus cuentos. Más luego paré mientes en que Hernández había cometido la trampita de utilizar ambas acentuaciones, la castiza y la nuestra. Y bueno… tengo una excusa para consolarme: me descalifican a priori por escribir incorrectamente. Siguiendo esa línea, a veces el diálogo coloquial me tienta a imitar otras innovaciones que ya no lo son mucho: yuvia, eya, yegar, güeno. Escribí un cuento (“De regreso al zoológico”) donde a título de muestra gratis, abundé en la transcripción de estos modismos. ¿Porqué en ese cuento?… Porque converso con una víbora y sucede en el futuro. Es como una manera de trasladar, de extrañar de entrada nomás, al lector. Me gusta, pero no lo he repetido. El castellano es un prodigio lingüístico y tienta. Las lenguas criollas, las añadiduras indígenas, los modismos campiranos, todo tienta. Y tiene que dejar de ser tentación para ser asumido como identitario. Después de todo, allá en España se enfrentan a algo bastante similar. Creo que uno de los compromisos de un escritor pasa por mantener vivo su idioma, y muy sujeto a su tiempo y a sus personajes. Uno también es un personaje. Por su lado, la globalización pretende homogeneizar y neutralizar lenguajes. Creo que, como siempre ha sucedido, vamos a seguir creando y manejandonós con dos maneras lingüísticas, la espontánea y la intencional; la del poder y la insurreccional. Recuerdo que al idioma inglés lo hablaban los siervos, que la aristocracia normanda hablaba en francés, y lo mismo sucedía en Rusia: al ruso lo hablaban los mujiks.

Sí, hace muchos años, traté de escribir algo parecido al teatro. Muy difícil, muy peliagudo. Creo que di la vuelta y volví adonde había estado; uno no se merece fracasar tanto. Respecto del cine, del lenguaje cinematográfico, tengo por ahí algo sin terminar. También surgió en ocasión de un sueño donde uno que era yo pero que no lo era, tenía la capacidad de moverse en un tiempo distinto al de los demás. Eso le permitía delinquir, atacar, huir sin obstáculos. La única explicación a mano fue que se trataba de la compaginación de dos películas. Por el momento es un relato en ciernes.

8 - Ocupaste diversos puestos en entidades sociales. ¿Nos contás de algunas, qué has sido y cómo han resultado esas experiencias? Sos miembro fundador del Círculo de Ajedrez Chascomús en 2005: este novel interrogador que durante sólo unos meses de su juventud jugó varias partidas, mientras aprendía, y después nunca más lo hizo, inquiere: ¿La literatura y el ajedrez contactan entre sí en vos? ¿Tenés detectados a escritores aficionados al ajedrez que te hayan promovido inferir incidencia del ajedrez en parte de sus obras?

SE - La cuestión de participar a nivel social comenzó con la creación del MAYA (Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús) en la primavera democrática. Funcionábamos en estado de asamblea y a veces asumíamos tareas de promoción y difusión. Una escisión en ese movimiento provocó la continuidad y práctica de cierta línea cuasi ideológica, muy unida a la praxis. De resultas, un grupo más nucleado dio lugar a la creación de una agrupación política informal. A pesar de su pequeñez, impulsamos la creación de una comisión de derechos humanos para Chascomús y cuando, a veinte años, por primera vez se conformó aquí una multipartidaria y se memoró entre nosotros el 24 de Marzo, gestamos la Delegación Chascomús de la APDH. Como premio fui su secretario coordinador ad límine. La actuación de una entidad de derechos humanos resultó tan notoria que era convocada a integrar otros organismos participativos. Así me tocó ser secretario del Foro Vecinal de Seguridad, electo durante cuatro períodos consecutivos, y cuando quise retirarme me nombraron tesorero. Desde este otro peldaño también integré el Foro Municipal y el Interforos regional. Todas experiencias enriquecedoras. Pero a la vez (yo había quedado sin trabajo a fines de 1997) integré la CTA local. Nuestro pequeño grupo político actuó bajo el rótulo de otras minorías formalizadas en frentes electorales, y al cabo de idas y vueltas siempre esclarecedoras, nos dimos el gusto con otros grupos, de parir un partido vecinal con todas las de la ley que, desde hace años tiene en su haber el principal bloque de concejales municipales. E intacta la esperanza de ocupar el ejecutivo municipal.

La actividad política (por la que toda persona debiera transitar en serio y alguna vez en la vida, así cuando opina tan alegremente sabe un poco de qué cuernos habla) expande tu visión y comprensión de muchas situaciones sociales y culturales. Con el SUTEBA local, que tanto nos apoyó siempre, pude enseñar ajedrez a niños en ese gremio y en varias escuelas. Lo hice gratuitamente durante cinco años. Mi idea era que no destruyeran al ajedrez en Chascomús en nombre y colofón de algo que se veía venir. Pero al cabo, creo que lo destruyeron exitosamente. El Círculo de Ajedrez fue un intento, no más, durante dos o tres años, de extender hacia arriba lo que se producía por debajo. Vino gente de la provincia, prometió mucho, no cumplió nada. Me ha quedado el dulce, reconfortante recuerdo, de haber trabajado con los chicos.

El ajedrez es un hobby bastante común a la gente que escribe. Tiene fama de serlo. Lo que el ajedrez enseña viene bien para casi todo. Un buen cuento es comparable a una buena partida. En los últimos años he participado jugando a las damas en torneos de mayores (cantera en donde persisten los mejores jugadores) y he llegado cuatro veces a las finales en Mar del Plata. Cuarto en la provincia es mi mejor clasificación, pero lo principal es haber entendido que las damas no es un simple juego de mesa; que toda actividad es compleja y proclive a la especialización.


9 - Fuimos incluidos vos y yo en una Antología –concurso en 1998, impulsado por la Revista del diario “La Nación”, de la ciudad de Buenos Aires, y con el auspicio de la empresa Metrovías, imitando una iniciativa del Metro de París, socializada como volumen en 1999 a través de Ediciones de la Flor, y entre agosto del ’98 y febrero del ’99, difundidos los poemas que iban siendo seleccionados en la Revista y en simultánea en las carteleras de las estaciones de subterráneos- que se tituló “Poesía en el subte”. ¿Recordás otros emprendimientos (hayan prosperado o no) originales en el género poesía? ¿Propondrías alguno? ¿Fantaseaste con ser el antologador de alguna muestra poética o de prosa breve, sus características, su impronta?
Buena Lectura


SE - Fijate que, a pesar de mi antipatía por los concursos, participé en esa iniciativa de “Poesía en el subte” porque la difusión de las obras seleccionadas era algo prioritario, y por suerte así ocurrió. Recuerdo lo que hicieron un grupo de poetisas neoyorquinas hace unos años: volantear la ciudad con poemas recortados. Con el MAYA incluíamos a la poesía y la narrativa en nuestras mega muestras anuales, material expuesto y lecturas de autores locales. También me he encargado de microprogramas radiales con lectura de poesía en FM locales. Sigo pensando que la radio es el medio casi ideal para difundir literatura; pero sus dueños creen que lo es para difundir publicidad.

Para Chascomús me gustaría que los poetas del lugar tuvieran ocasión anual de recorrer las aulas del secundario y leer personalmente para los alumnos, y que estos pudieran, ipso facto, charlar con los autores. Creo que esa actividad debiera ser rutinaria. Una vez fuimos a dos escuelas, y me gustó mucho la experiencia. Pero no pasó de ahí. En los municipios se designa “director de cultura” (un oxímoron) a gente que le interesa un soto la cultura, en especial la literatura, que es pensamiento en libertad.

¿Antologador?: no (dios me libre), no se me ha ocurrido ni en sueños meterme con la obra de otros escritores. A vos te constan qué escasas pautas llevaba adelante “La Silla Tibia”. Ya bastante deliro tratando de que me cuenten entre ellos.



Antología en La Revista
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