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Carlos Rehermann: El malestar de las fieras

Carlos Rehermann: Dramaturgo, novelista, periodista. Es miembro del Comité editorial de interruptor. Publicó las novelas Los días de la luz deshilachada (1991), El robo del cero Wharton (1995), El canto del pato (2000) y Dodecamerón (2008), 180 (2010).

Escribió seis obras de teatro (Congreso de sexología, Minotauros, A la guerra en taxi, Prometeo y la jarra de Pandora, Basura, El examen) de las que dos fueron publicadas en formato libro. Todas fueron estrenadas. Entre 1993 y 2008, publicó alrededor de 600 artículos de cultura en diversos medios de prensa. En la actualidad publica regularmente artículos en El País Cultural. Dirige el Centro de Escritura, unidad docente dedicada a la enseñanza de la escritura en niveles introductorios, profesionales y terciarios.

Coordinó la Cátedra de Guión en la Escuela de Cine del Uruguay. Desde fines de 2008 es Coordinador del área Dramaturgia del Centro Nacional de Creación e Investigación del Ministerio de Cultura en Dramaturgia, Dirección y Coreografía (Laboratorio). Actualmente dirige y conduce el programa radial Tormenta de Cerebros. No ejerce su profesión de arquitecto. Fuente: http://www.henciclopedia.org.uy

En uno de sus libros (probablemente Por qué son escasas las fieras, aunque es posible que sea en su Introducción a la ecología), el ecólogo Paul Colinvaux hace una observación útil para la explicación de las conductas humanas: los grandes depredadores, como los leones, los tigres o los pumas, necesitan estar en un permanente estado de desasosiego, necesitan sentir el dolor del hambre, para que se ponga en juego su terrible habilidad para la caza. Este británico que enseña en Estados Unidos sostiene que los depredadores son escasos porque el medio que los contiene, incluidos ellos, deben cumplir con la segunda ley de la termodinámica; pero si usted es un lector fiel de esta columna, sus inclinaciones hacen sombra para el lado de las Humanidades, campo del saber que solo admite que le mencionen esa ley de la física a través de vagas metáforas acerca del desorden, que es como nosotros preferimos entender la entropía. Suele no parecernos de buen tono recordar que somos unos bichos con hambre, que consumimos energía y andamos por ahí provistos de un cuerpo. Conviene, para precavernos de ese olvido estratégico, leer esta nota en sentido más estricto que alegórico.


Una vez que uno lee semejante evidencia —me refiero a la observación de Colinvaux acerca del hambre perenne de las fieras—, en la que, sin embargo, generalmente no nos detenemos a pensar, uno empieza a ser capaz de imaginar el animal, sus flancos magros, los músculos de sus poderosas patas protruyendo la suave piel en un movimiento perpetuo en busca de algo para matar y devorar.

¿No siente el lector que la mera pronunciación de "matar y devorar" le inflama algo, aunque no sepa con certeza qué? Es que los hombres somos depredadores, aunque, haraganes, preferimos domesticar a nuestras presas. Cuidamos amorosamente el ganado, y aprendemos de señoras autistas la manera de tratar amablemente a las vacas que conducimos al matadero para no estropear la carne con nerviosismos de cadalso. A tal punto dominamos a la presa. Cazamos lo que queremos, como queremos y cuando queremos. Nos cazamos a nosotros mismos y nos devoramos, con frecuencia de manera no demasiado simbólica. El capitalismo industrial es apenas una manifestación de esa esencia depredadora, y como mecanismo de creación de orden comunitario, lo mejor sería llamarlo autolisis social.

Pero aunque preferimos meter la presa en corrales, el instinto de cazador, el verdadero y básico instinto de correr tras lo que huye, no ha desaparecido. Sin ir más lejos, los juegos de pelota son elaboraciones simbólicas de la caza, aparecidas en épocas en que las culturas dispusieron de tiempo sobrante para dedicarse a representar lo que hasta entonces había sido cuestión de supervivencia. Nada es más elocuente acerca de nuestro carácter de cazadores que la competencia por la posesión de una pelota en un territorio marcado. Como los equipos de fútbol, las especies depredadoras compiten internamente por las presas. No hay más leones porque no alcanza la comida para todos los leones que compiten por ella. El gol, pelota metida en la red, es una representación de la ingestión de la presa, comida metida en el estómago. En la mayor parte de nuestros actos sociales es posible percibir rasgos del depredador máximo, tarea de minucia que conviene dejar para el ejercicio de la imaginación de cada lector.

Los relatos (incluido “El malestar en la cultura”, de Sigmund Freud, de donde este texto roba el aire de su título) son otras realizaciones humanas que explicitan el hambre, que es un malestar, del depredador. Los buenos relatos son descripciones de la incomodidad humana ante la vida social, o cultural, para emplear el término de Freud. No existen relatos de alegría, de paz, de equilibrio, de fraternidad. Siempre se trata de situaciones de acoso, de peligro, de persecución, de pérdida, de agresión, con una abundancia de muerte violenta que llama la atención. Incluso la más idiota de las comedias musicales norteamericanas se sostiene sobre un conflicto, palabra elegante que usan los profesores para explicar que cada relato tiene un motor originado en la pelea, la mala fe o la intención de asesinar. Nos parece evidente que un relato que empieza con “Juan y María eran felices” y que continúa con una descripción de las distintas alternativas de su felicidad es una torpeza aburrida.

Esa evidencia es prueba de que nuestra mente parece ser incapaz de aceptar el hecho de que las cosas pueden estar bien.

Las cosas nunca pueden estar bien. O digamos: las cosas empiezan a estar mal cuando se nos ocurre empezar a creer que están bien. O quizá: nuestra mente es incapaz de entender la bondad de las cosas.

La muerte de Iván Ilich, "El almohadón de plumas", "Axolotl", "Los crímenes de la calle Morgue", "El pequeño Iván", "El jardín de los senderos que se bifurcan", "La pata del mono", "Jacob y el otro" o "Un cuento con un pozo". Situaciones horribles, finales espantosos, desesperanza, derrota, incomodidad, dolor y muerte. Puede haber un final feliz pero jamás sin estar precedido de incontables calamidades, y con una única finalidad deleznable: promover el comercio.


Final feliz es sencillamente el llenarse la panza de la fiera que ha dado por tierra con la bonita gacela de cuello tierno y tibio de dulce y abundante sangre. Tres horas de digestión, y entra en sordo fade in el dolor que empieza como vaga inquietud, como eco de lejanas interioridades ignotas, que obliga a pararse, a dar vueltas en trabajosos círculos, cavilando qué hacer, hasta que algo, todo, se pone rojo: matar. Fuera de Dafnis y Cloe y toda la sarta de novelas pastoriles griegas, que uno lee con la simpatía que dedica a las tías abuelas, el final feliz tiene un desarrollo histórico paralelo al de la industria del libro: se metaboliza con tanta velocidad que es apenas un estímulo para la adquisición de otro libro. A más desarrollo industrial del libro, más finales felices.

Parece que nos gusta mucho la grasa (los bizcochos, las galletitas, las milanesas, las butifarras, las tortas fritas, el chocolate, todos esos envases de grasa hábilmente oculta) porque comíamos tan poco cuando dependíamos de nosotros mismos (y no de nuestra construcción, la cultura) que debíamos atiborrarnos de lo que pudiera producir un depósito de reserva para todo el tiempo que íbamos a pasar sin probar bocado. Todo ese tiempo es el tiempo normal, la permanencia pura en nuestro estado normal, el tiempo del hambre. La grasa es una droga pesada, que produce la misma adicción que los bestsélers. Nos hacen mal, pero no les adjudicamos mal sabor sino hasta después de habernos alimentado muchísimo tiempo con comida saludable. Recién después de años de comida magra percibimos con desagrado la untuosidad de una galleta malteada. La mente del lector de bestsélers termina llena de colesterol espiritual que le tapa los meridianos del alma.

El capitalismo parece sostenerse en la notable capacidad del hombre para acumular grasa, dejando su ánimo depredador ocioso, es decir, preparando la locura y el suicidio, o convirtiéndolo en virtualidad, en sustento de tortuosos vínculos afectivos y sociales, o en arte. No es cuestión de descartar esa hipótesis por ignorancia acerca de los procesos que rigen la cadena trófica, o por ser más afectos a las mullidas satisfacciones de la exégesis bíblica y la maravillada visión de las tachuelas que sirven para fijar proclamas en las puertas de las iglesias antes del cisma de la Reforma.

Estar molesto, con hambre, mirar el mundo con ojos desesperados y feroces, es el estado natural de los depredadores sanos. Un tigre tranquilo es una abominación, y una leona bondadosa da un espectáculo penoso. Los animales sobrealimentados de los zoológicos lucen enfermos y opacos, y a menudo manifiestan comportamientos de misántropo, cuando la buena lógica diría que deberían rendir homenaje a la especie que tan bien cuida su sustento. Si alguien necesita tanto a Wanda, aclaraba Sacher-Masoch, que a esa necesidad debe su existencia, lo que hay que hacer para mejorar su vida es quitarle a Wanda. Necesitar a Wanda es el estado ideal de Severin; en cuanto Wanda acceda a sus demandas, dejará de ser necesaria. Un humano sano, siendo como es la culminación suprema del ser depredador, debería estar siempre insatisfecho, debería siempre sentirse molesto y con un hambre insaciable. Un individuo en sus cabales tiene que ser desagradecido y repudiar a quienes le llenan la celda de comida.

El crítico que parece deleitarse en el hallazgo de problemas en su sociedad no está enfermo, sino lo contrario: se porta como el buen depredador, mantiene su hambre intacta, camina inquieto en busca de una presa. Quien le teme a la crítica niega su esencia humana, se convierte voluntariamente en un bóvido estólido, inmóvil en la llanura cálida.

Antología en La Revista
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