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Asunto: Mi Poema o Mi Cuento
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Maybell Lebrón: Poemas


ÉXTASIS

Mira estamos vivos.
Siento la savia oscura galopar en mis cauces.
La luz borra quimeras
-huéspedes de párpado ceñido-
y dibuja sin prisa tu contorno olvidado.
El nácar de la arena tramonta el aire y se deshace.
En la playa las huellas son testigo.
Mi aliento y tu cuerpo palpitante repican:
Ya ves
estamos vivos.



SIN JAMÁS HABERNOS VISTO

Sin jamás habernos visto
nos reconocimos;
y nuestras huellas fueron parejas,
y nuestras sangres forjaron hijos,
lloramos juntos nuestras tristezas,
juntos supimos de soles limpios,
y hoy,
sentados frente a frente,
nos miramos,
sin saber qué decirnos.



RECUERDOS
A Juan

Cuando ya no retengas
mi cabeza en tu pecho
no quiero que me pienses
con lágrimas o ceño.
Deja la losa fría
recostada en el suelo
y vuélvete a la casa
para seguir viviendo.

El frote de las cañas
en suave ronroneo
renacerá en tu oído
con mi trémulo acento
al poder estar juntos
(perdidos en el tiempo)
allí donde la vida
dialoga con los muertos.

Aunque tú no me veas
tal vez yo pueda hacerlo.





ESBOZO

Gruesos lazos de sombra
me amarran a la cama;
los ojos muy abiertos
ven huecos en la nada
mientras la brisa pasa
hurgando en la persiana
tiritando de grillos
y de leves fantasmas
disfrazados de lumbre
que las luciérnagas pálidas
le prestan en la noche
como estrellas aladas.

De pronto en las tinieblas
sobre el lienzo del tiempo
diseñado en recuerdos
mi retrato percibo;
mezclados los colores
con gruesas pinceladas
de trazos definidos.
Blanco puro, negro sombrío,
brillante rojo y suave verde nilo.

No hay paleta que alcance
para un retrato mío.





DUDA

Corazón de musgo y piedra
aletargado hace siglos,
hoy vuelves a palpitar
ofreciendo tu acertijo.

Desde tu oculta atalaya
al borde del precipicio,
viste nacer y morir,
del mundo cumpliendo el rito.

Manos pidiendo clemencia,
y ante los dioses, ser dignos,
grabaron tu áspero dorso
con indescifrables signos.

Sueños igual que los nuestros,
los ojos del mismo brillo,
y el correr de las centurias
con su dorado polvillo

nos propone en la distancia,
al filo del infinito,
la vaciedad de la nada
o el albor de un Paraíso.


CONGOJA

La luz se ha vuelto amarilla
y torna oscura la arena
donde olvidada condena
cumple la pequeña silla.

Bajo el agua que la humilla
su esqueleto claveteado
tirita en el descampado
mientras su dueña se angustia
viéndola transida y mustia
por haberla abandonado.



LUVIA

Se acerca revolcándose entre espumas
el ronco grito del arcano incierto
que apresura los pájaros a puerto
y deja sin gorjeos a la bruma.

El polvo en remolinos alza el vuelo,
se hace trizas la tarde bochornosa
y una ráfaga anuncia, presurosa,
el chocar de cristales en el suelo.

Mutante de las formas y el aliento
en capa de caireles arropada
baja danzando con pericia alada
y gira al ondear fintas al viento.

Su manso abrazo se extiende en el estío
y al gozo de los campos se une el mío.



CEGUERA

Un aire espeso y negro se me enrosca en las sienes,
turbio aliento de boca desnudando esqueletos
de palabras cansadas, con olor a blasfemia,
con tristeza gozosa de pervertido celo.

Agostada la savia de los días antiguos
se opacaron mis ojos (los de afuera y adentro)
mientras la niebla fría lamía displicente
los cárdenos pezones rezumando veneno.

Gorgona solitaria despojada de auroras
me erizaba de piedras las hendijas del pecho:
no fuera que los ojos de algún niño descalzo
pusiesen cascabeles en el áspero hueco.

Gastada de rencores (ni un grito de mis labios
ameritaba el eco), del alto cocotero
ignoré el brazo hostil, la mano puntiaguda
guardadora de nidos, o el viento entre sus dedos.

Desdeñé la embriaguez de un patio de jazmines,
la azorada grandeza de pájaros en vuelo,
el escozor ardiente de otra piel en mi piel
vedándole a mi sangre remontarse en el tiempo.

Lastimó mis retinas un claror recatado
al destrabar rendijas en búsqueda de cielo
y descubrí las luces peregrinas del alba
en espejos minúsculos destellando en el suelo.

Me dejé hundir el cuerpo entre hilachas de bronce
recamadas de sol en cambiantes reflejos
y elevando las palmas inicié una plegaria
con estas manos húmedas de haber lavado cieno.



RETRATO

A una pintura
de H. Valenzano
Óvalo misterioso,
muchacha ciega;
el aire se estremece
en tu presencia.

Es tu rostro sin rasgos
avara ausencia
de pinceles perplejos
en tensa espera.

Acaso en un sepulcro
tus flores dejas,
o el ramo de tu boda
gozosa estrenas.

Te guardaré a mi lado
lo que me queda.
Jamas sabré si ríes
o si estás seria.



MAKÂ

Flacos músculos cansados abultan la costra parda;
en su piel endurecida queda el rastro de las garras

de los colosos del monte. Entonces, los igualaba
oliendo sus intenciones como otra fiera cebada.

Hoy, sentado en la vereda, ofrece flechas de caña
y sus brazos se distienden, ya sin bríos, ya sin alma.

Antigua testa emplumada ensoñando sus hazañas
de urukú y de cacerías, de cubrir hembras hurañas.

Huele el aire a pura selva en las calles asfaltadas;
giran serpientes y pumas entre las hojas y el agua.

El bronce de su estatura toma dimensión, se agranda
sobre aquel frágil sostén de su esqueleto y entrañas.


CASI FINAL

He habitado perdida en tu abrazo
noches de gloriosa vastedad.
Vencidos los sellos
escanciaste tu zumo en mi copa
olvidado entonces
el lento goteo de las horas
devorando el presente.

Dichosa
entre pan y leche
me reconocía
en aquellos gajos de mi vientre
mientras la mañana
sin hollín de sueño
orlaba de perlas jugosas el alero.

Hoy sólo queda
un leve jirón
en la urdiembre finísima del tiempo.
La voz encallecida no protesta.
Tenaces minutos
como hormigas
arrastran las hilachas postrimeras.
Aguardo.
Seré
quizá
tu amiga.


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Antología en La Revista
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