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Raúl O. Artola: poemas

Raúl Orlando Artola nació el 5 de diciembre de 1947 en la ciudad de Las Flores, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside desde 1975 en Viedma, capital de la provincia de Río Negro. // Por Rolando Revagliatti

del barro a la madera


Estamos tocando la vida
con la punta de los dedos
como aquella vez que un hombre
encendió la primera palabra
y fundó el fuego,
ese hombre de barro original
reseco después de tantos siglos.
Con temor por la cornisa,
buscamos la madera perfecta
que soporte el paso de todas las aguas
y el calor de cada sol del universo.


Dioses pequeños, conmovedores gepettos
del asfalto y los relojes,
taumaturgos frustrados pero tercos,
bailarines del alma,
criaturas a cuerda con la boca cosida
y amores dispersos,
renovadas legañas del Ojo que duerme,
manos del hastío aburrido de sí mismo,
cañas que pujan por despertar los colores
de la paleta del último pintor
hecho con el barro viejo,
ése al que empiezan a crecerle
los pies y las piernas
de una extraña madera,
indestr…

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Silvia Beatriz Giordano: El Río (Añorándonos) - Cuento

Nací un 8 de enero de 1952 en la ciudad de Tigre, en la provincia de Buenos Aires. Hermana menor de dos, mi primera infancia (hasta los 9 años de edad) la viví en un pequeño pueblo, a orillas del Río Lujan - Dique Luján - Partido de Tigre. Mis padres: Elías Pascual Giordano (1917 - 2006) y María Luisa Gambetta (1922 - 2002). // Por *Silvia Beatriz

El Río (Añorándonos)

El viento sacudía las copas de los pinos. La tormenta había aparecido de pronto, aunque las señales de su llegada se sentían en el aire desde hacía varias horas.
El griterío de los pájaros.
La inmovilidad del aire.
La mansedumbre del agua.
El calor asfixiante de un verano pesado y cansador.
Las nubes anochecieron la tarde y un profundo rugido proveniente de las entrañas del cielo dio paso a la lluvia estridente sobre el techo de zinc.
Era otra tormenta de verano que dejaría ramas navegando por el río, senderos cenagosos y hasta quizás alguna casa sin techo.


Los veranos se repetían como calcos unos de los otros: más o menos calurosos, más o menos tormentosos, más o menos tristes y pausados.
La vida en la isla era así: repetitiva y solitaria. Los tiempos de las familias numerosas, de los frutales pletóricos y de los vecinos cercanos, hacía mucho que habían desaparecido.

Lo eterno, lo que siempre estaba allí, imperturbable a través de los años, era el río. Con aguas bravas o mansas, con más o menos aceite, con más o menos basura que los turistas desechaban en su orilla.

El río había acompañado mi vida desde muy temprana edad. Con mi caña de pescar – una rama firme, un piolín y un alfiler de anzuelo – se convirtió en mi escenario de aventuras.

El río había sido mi escuela. Viendo el trabajo y el esfuerzo de los que habitaban su orilla, aprendí que nada es gratis en la vida. Todo es toma y daca: te doy mi sudor, me das tus frutos. Te doy mi cansancio, me das la sombra del sauce. Te doy mi alegría y me das las flores de ceibo, para crear mis cisnes rojos y elegantes.

El río me acogió y me ayudó corriente abajo para llegar a tiempo hasta el muelle del pueblo, cuando las contracciones de un parto prematuro acabaron con las fuerzas de mis brazos y convirtieron a los remos en jalea y al agua en roca pura.

Y siempre estuvo allí. Esperándome. Añorándome como yo lo añoré a él. Extrañándome en sus tardes de chicharras y sus noches de farol a querosene.
Él siguió acariciando sus oídos con los rítmicos lameteos del agua en su orilla, con el canto del botero que traía las cartas y los encargos, con el run- run de la lancha de pasajeros y el trinar temprano de la alondra. Esperándome. Añorándome como yo lo añoré a él.

Fue la vida la que me llevó lejos del río. La vida convirtió a las aguas mansas en el duro asfalto de las calles citadinas. Los pinos, sauces y ceibos trocados en torres de concreto. Los sonidos suaves y tranquilos, convertidos en bocinazos y sirenas. Los aromas profundos en olores acres y agresivos.
Y la vida decidió que yo no pudiera volver a ver este río.

Hasta hoy.

Con muchos años más sobre la espalda, con la soledad que sólo se pierde al recordar viejos sueños. Con mis hijos y nietos correteando por los senderos casi borrados de tan intransitados.

Y me recibió así: con todos sus aromas y sonidos y me mostró su enojo por tanto tiempo de ausencia. Y trajo al viento, a la lluvia sobre el techo de zinc y a las olitas encrespadas coronadas de espuma. Y me brindó su paz y su abrazo de amigo incondicional. De ese amigo que siempre está esperando. Del amigo que nunca te olvida.

Silvia Beatriz Giordano

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com
Antología en La Revista
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