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El grito por Leo Castillo

El poeta Leo Castillo escritor, filólogo, traductor y corrector de estilo, decidió hace tres años que se iba a vivir a la calle, como un indigente más de Barranquilla. // Para contactar al autor: leosemata@gmail.com

Esta es la tumba de su madre en un camposanto del suburbio. Hoy, 7 de abril, ella tendría que cumplir un año más de vida, en cambio cumple dos de estar convenientemente muerta. Para matarla él simplemente echó mano del uso más socorrido, pero también el menos predecible. Procedió de la manera que sigue: su madre tendría que confiar en que su hermana dormía profundamente en la cuarta habitación de la casona de alta techumbre de zinc y espesos muros de ladrillo cuyo amarillento revoque presentaba por doquier no pocas excoriaciones. De modo que, soñolienta, al ver a su hermana acercarse, sólo trato de levantar el peso ingente de su mano, para recibir la taza de tilo sin azúcar que cada noche, antes de acostarse, recibía ya sentada en la cama. Pero, ¿no se había ella, su madre, acostado hacía ya un buen rato, y no se había, por cierto, tomado igual su taza de tilo sin azúcar traída por su hermana con la solicitud de siempre? Sí, estaba segura de ello, pero no podía entretenerse pensando en semejante fruslería mientras intentaba sostener en el aire la mano para recibir la taza, mano que pesaba como el mojón de concreto esquinero con los números de la calle y de la carrera en bajorrelieve negro, ni menos tenía que pensar en la ocurrencia que tuviera su hermana de traerle otra taza de tilo a la cama, repitiendo absurdamente el rito. Oh bien, pues sí, sí, eso era, seguramente: un detallazo de su hermana la víspera de su cumpleaños.


Contar esto podría demandar hasta tres tensos minutos, pero en realidad –o mejor, en duermevela- sucedió en apenas un instante.

Lo que siguió fue ver desdoblarse monstruosamente el cuerpo de su hermana en una vertiginosa metamorfosis, y ya era el horripilante íncubo vendiéndosele encima, penetrando a través de su vagina, succionándole en un santiamén la sangre, el aliento, la vida. En la cuarta habitación de la casona de techumbre de zinc, mientras moría tan sorpresivamente, su pobre hermana escuchó resonar el terrible grito de agonía, y ya en seguida estaba muerta. Con todo, lo que más desconcertó a su hermana no fue esta extraña muerte, sino el aspecto del rostro que presentaba el cadáver: la descripción más aproximada, de cuantas espantosas imágenes de la pesadilla haya concebido el genio de los mejores pintores, es la del rostro que lanza el grito de pavor en el cuadro del noruego Edvard Munch: las mejillas estaban chupadas, los labios crispados hacia adentro, marchitos, secos; los párpados hundidos en las cuencas de los ojos, como si los ojos ya no estuvieran debajo de los párpados… Pero su madre vio algo diabólicamente más tenebroso: la pesadilla que pintó Füssli.

Esta es la tumba de su madre. Como el año pasado, seguramente la hermana vendrá apenas apuntando el sol en oriente a traerle el aparatoso detalle de sus flores de plástico, sin sospechar ni remotamente que él está aquí esperando, digamos, siempre. La hermana de su madre ha entrado al jardín del suburbio y se dirige abstraída hacia la tumba. Ella no ve a nadie, y está de pie ante la cruz de concreto con el nombre en letras negras en bajorrelieve. Los ojos apretados, gimiendo, ora piadosa. Por fin sus sonrosadas rodillas hunden la grama ante la cruz. Colca la ofrenda floral, recostada a la cruz. Se inclina y, las manos a manera de almohada debajo de la cabeza cubierta por la dorada cabellera, sobre la tumba, los ojos cerrados, parece dormitar.

Entonces lo ve, ve a su sobrino de pie ante ella, sonriéndole con un extraordinario brillo en el rostro, la perfecta dentadura esplendente. Ella responde con una sonrisa, o lo intenta, antes de ver la monstruosa metamorfosis del hermoso chico que en un vertiginoso instante ya es el espantoso íncubo penetrando íntegro a través de su sexo, succionándole el aliento, la vida que se le va en el horripilante grito que cubre y penetra la mañana, asaltando en su letargo al vigilante del jardín, que acude presa de la sorpresa y el pavor: había visto entrar a una mujer con este arreglo floral que reposa reclinado contra la cruz de concreto, pero encuentra un cadáver con el rostro que es poco menos el rostro de una momia: chupadas las mejillas, los labios crispados hacia adentro, marchitos, secos; los párpados hundidos en las cuencas de los ojos, como si los ojos ya no estuvieran debajo de los párpados.

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
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