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Carlos Rehermann: Las virtudes de no entender

Mortimer Adler fue uno de los responsables de que el sistema de enseñanza estadounidense, desde la escuela primaria hasta la universidad, explore una lista más o menos fija de “grandes libros” (443), que para Adler estaban estrechamente relacionados con una serie igualmente acotada de “grandes ideas” (102).

Muchas instituciones emprenden cada año actividades de estímulo a la lectura, especialmente a la lectura infantil. Algunas de esas instituciones están relacionadas con la educación, otras son depósitos de libros y bibliotecas, y muchas agrupan a editores y libreros. Son frecuentes las lecturas maratónicas de clásicos, las búsquedas del tesoro (libros ocultos o a la vista en distintos puntos de la ciudad), las cadenas humanas para transportar ejemplares de algún punto a otro de la ciudad.

Muchas de estas actividades llaman la atención acerca de los libros como objetos y no tanto como textos, pero eso no necesariamente está mal: todos quienes tenemos el hábito y la afición por la lectura adolecemos de cierto grado de fetichismo, sea en la acepción marxiana, sea en la freudiana. La imparable carrera hacia un predominio del libro electrónico probablemente acentúe el carácter de fetiche del libro impreso, asunto que ya es posible percibir en las mejoras que se están produciendo en el diseño y la calidad material de los libros actuales. Pero si bien es deseable que el comercio de libros tenga buena salud, para favorecer tanto la producción como el intercambio de textos, no deberíamos olvidar que lo que se hace con los libros es leerlos.


La dificultad de los estudiantes para leer es una de las pesadillas de los maestros y profesores de secundaria y también, cada vez más, de niveles terciarios de la enseñanza. La desesperación de los profesores los lleva a veces a intentar facilitar la lectura a sus alumnos, por lo que muchas veces los profesores de literatura o los maestros llevan películas a la clase. Por ejemplo, cuando el libro El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, se convirtió en un bestseller, muchos maestros se lo sugirieron a sus alumnos; era una manera de acercarse a una historia de la filosofía inmersa en un cuento, algo que, suponían los adultos, sería más fácil para los alumnos que una recopilación de los textos originales de los filósofos. Pero cuando se produjo la película, ya ni siquiera se hizo necesario el libro de Gaarder, y uno empieza a sospechar que la dificultad para leer podría estar, además de entre los alumnos, entre los maestros.

La justificación de estas prácticas didácticas se encuentra en parte en el uso que impuso hace medio siglo el estructuralismo y sus amantes para el término “leer”. No hace mucho presentábamos en estas páginas una acepción de la palabra empleada en nuestros días en un libro especializado en lectura, publicado por la UNESCO, y editado por especialistas en la enseñanza de la lectura y la escritura, perfectamente alineado con esa acepción voraz de “leer”.

La idea de que se puede leer un texto pero también los movimientos corporales de una persona, la paleta de colores de la serie Mégane de Renault o cualquier otra cosa producida o no por el hombre es acogedora. Nos hace creer que el mundo se sostiene en un orden que consiste en un grupo de signos organizados por una serie de códigos. El mejor lector, para esta idea de la lectura, sería el que es capaz de entender todo lo que lee.

En realidad, lo más interesante de la lectura ocurre cuando uno se enfrenta a un texto que no entiende completamente.

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Mortimer Adler fue uno de los responsables de que el sistema de enseñanza estadounidense, desde la escuela primaria hasta la universidad, explore una lista más o menos fija de “grandes libros” (443), que para Adler estaban estrechamente relacionados con una serie igualmente acotada de “grandes ideas” (102). En los años 1950 fue responsable de la edición de una notable colección de títulos respaldados por el prestigio de la Enciclopedia Británica (que en ese entonces ya hacía 40 años que no era británica, sino estadounidense): los 54 volúmenes de Great Books of the Western World están dedicados a su lista de casi medio millar de grandes libros occidentales. Contra lo que podría creerse de un académico norteamericano, en su selección hay autores de numerosas nacionalidades y lenguas, diversidad hoy perdida en el hemisferio norte.


Podría creerse que una persona que defiende el valor de las listas tiene una concepción de la lectura pasiva, receptora, aceptadora. Pero un libro que Adler publicó por primera vez en 1940, y que desde entonces sigue publicándose regularmente en todo el mundo, contradice puntualmente ese prejuicio. El libro se titula Cómo leer un libro.

En primer lugar, dice que algunas personas entienden más que otras. ¿Qué entienden más?, preguntará el desconfiado. Todo, responde sencillamente Adler. Pero para lograr altos niveles de comprensión, Adler dice que “debemos aprender de nuestros mejores”. Para algunos es evidente que hay personas mejores que otras, y para otros esa afirmación es una manifestación decididamente hereje, elitista y aristocrática. Aunque Adler liquida el asunto con un “es evidente que algunos entienden más que otros”, en nuestros días conviene detenerse a contener a quienes están en este instante a punto de sufrir un ataque cardíaco por la indignación que le provocan esas palabras.

La mayor parte de las personas estará de acuerdo en que algunos son expertos en ciertos campos; saben más que otros en esos campos específicos. Pero con frecuencia nos limitamos a creer que ese saber se reduce a la acumulación de cierta cantidad de información que unos tienen y otros no, o unos tienen en mayor medida que otros.


Así, algunos creen que un médico sabe más que su paciente porque tiene más información sobre las enfermedades y su cura. Bastaría, según esa noción, que el paciente tuviera tiempo para dedicar a la acumulación de la información faltante, para que se igualara en saber con su médico. De hecho, con la facilidad que da hoy el acceso a sitios con información médica, muchos pacientes van al consultorio con bastante información absorbida por ese medio, incluso, a veces, con más información que la que tiene el médico.

Pero estos pacientes pronto aprenden a dejar de leer esas páginas sobre enfermedades, por muy bien informadas y serias que sean, porque descubren que no logran entender su enfermedad por más que sepan todo lo que hay que saber sobre ella. Un médico es bueno no tanto por la cantidad de información que guarde (que de todas maneras debe ser abundante, claro), sino porque entiende lo que le pasa a su paciente. Y esa comprensión es la parte esencial del proceso. Un fenómeno que no ocurre en la trasmisión de información, sino que se produce como resultado de una elaboración del receptor.

La idea de Adler es que la lectura de provecho es un proceso vertical: el autor entiende más el mundo, y por eso, cuando el lector atraviesa su libro, sale de él con una mayor capacidad para comprenderlo. Lo que en realidad ocurre es que el lector se ve obligado a pensar del mismo modo que piensa el autor; no necesita creer las mismas cosas que cree el autor, sino que debe mover su inteligencia de acuerdo a los mismos empujes, rodeos, retrocesos y desvíos que el autor. Esto permite, finalmente, no solo entender algunos asuntos propuestos en el texto, sino además a entender el modo de pensar del autor, lo cual coloca al lector en un lugar privilegiado, desde el que puede ser consciente de las circunstancias que llevaron a determinado autor en particular a producir determinado texto.

Adler vivió 99 años e hizo una lista de 500 libros. Para él es imprescindible conocer esos libros, aunque no porque en la obra de Lavoisier o en la de Tirso de Molina vayamos a encontrar información que nos resulte valiosa, sino porque por allí pasa el curso del entendimiento humano que nos conduce hasta nuestros días, es decir, hasta nuestras mentes. No importa si los autores son filósofos, poetas, dramaturgos o novelistas, científicos o místicos. El objetivo es, en todos los casos, aumentar la comprensión de quien se acerca a esos libros.

Aquí empiezan a aparecer los problemas, pues elaborar una lista supone asumir un rol de juez para el que no es fácil llegar a un acuerdo. ¿Por qué esos 500 autores y no otros? En la línea de Adler, Harold Bloom hizo su propia lista cuatro décadas después de las ediciones de Adler. El debate se había instalado ya en los años 1960, a partir de numerosos cuestionamientos a las listas tradicionales, especialmente a horcajadas de los estudios culturales que establecieron líneas de crítica asociadas a minorías o a reivindicaciones de derechos para las mujeres o para comunidades estadounidenses explotadas como los afrodescendientes, aborígenes americanos o inmigrantes de América Latina. La crítica marxista también fue dura con la idea de una lista de libros notables, que podría hacer caso omiso al punto desde el cual se produce el libro, de manera de no tomar en cuenta ni las circunstancias de su producción ni las de su recepción, de tal modo que, si el caso fuera posible, un aborigen norteamericano estudiaría interpretaciones del mundo dictadas por un cura italiano extremadamente obeso que vivió hace un milenio en Roccasecca como si pudiera ser aplicable a sus condiciones actuales o a la historia de su etnia.


Las listas de “grandes libros” son discutibles y podrían ser empleadas con la intención de dominar y controlar a los estudiantes y sus mentes. Pero en realidad eso parece difícil, si se acompaña la lista con una enseñanza de la lectura en el sentido que propone el propio Adler: una lectura crítica con la consciencia de que no entender lo que estamos leyendo es parte del proceso para aumentar nuestra capacidad de comprensión.

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