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Asunto: Mi Poema o Mi Cuento
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Carlos Aprea: Entrevista de Rolando Revagliatti


Carlos Aprea nació el 14 de diciembre de 1955 en La Plata, donde reside, capital de la provincia de Buenos Aires, la Argentina. // Por Rolando Revagliatti

1 — Te recibiste de Técnico Químico en 1974.

CA — Sí, entonces concluí el “colegio industrial”. Luego del interregno del obligado servicio militar, en 1975, comencé estudios de geología en la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata, en 1976, y los interrumpí en 1978. También entre 1976 y 1980 formé parte del Taller de Investigaciones Dramáticas dirigido por Carlos Lagos y más tarde integré un numeroso equipo de trabajo bajo la dirección de Quico García, que en 1981 y 1982 llevó a escena una elogiada versión de “Woyzeck”, de Georg Büchner. Mi continuidad actoral se prolongó hasta 1985, participando en “Escorial, la leyenda negra”, con dirección de Rafael Garzanitti (1982), “Vincent y los cuervos”, con dirección de Quico García (1983/84, La Plata; 1984, Capital Federal) y “Antonito el Camborio”, oratorio y coro de la Facultad de Bellas Artes, UNLP (1985). Por entonces fueron apareciendo mis primeros trabajos de escritura en las revistas culturales “Talita” y “El Hormiguero”. Ejercí como Técnico Químico en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, 1977 y 1980/82), de donde me fui echado, por diferencias “conceptuales” con el director del centro de investigación. Cumplí funciones como Inspector de Perforaciones en Obras Sanitarias de la Provincia de Buenos Aires (1978/1980) hasta que la política (de la dictadura) en el área dio un giro, desarmaron la repartición y preferí cambiar antes que quedar en una extraña oficina de “mayores costos” para el Estado y “mejores ganancias” para las empresas contratistas.


2 — ¿Y ya después?...


CA — En los primeros años de democracia me desempeñé en la librería “Libraco”, de Emilio Pernas, donde conocí a intelectuales y artistas que regresaban de distintos exilios (León Rozitchner, Saúl Yurkievich, Javier Villafañe, etc.) y visitaban al viejo librero. Verdaderamente, “Libraco” era una fiesta. Desde 1985 hasta entrados los ’90, mi endeble situación económica y la falta de trabajo, me obligaron a alejarme de mi ciudad, de la actividad grupal y del teatro. Inicié una fase de mayor introspección, y la escritura y mis hijas fueron la posibilidad de asirme a la belleza y la esperanza. Recién en 1988 y gracias a los oficios de mi padre, pude ingresar a Yacimientos Petrolíferos Fiscales y estabilizarme, pese a la crisis general. Con turnos rotativos continuos fue muy difícil retomar proyectos grupales, pero seguí escribiendo. En 1997, por el empuje de amigos (particularmente el poeta, filólogo, traductor y docente Juan Octavio Prenz), decidí dar a luz algunos poemas, presentándome en un concurso en donde obtuve el segundo premio y mi primera publicación en una edición colectiva. Paralelamente, la Editorial Municipal La Comuna (con la dirección del narrador Gabriel Bañez y la especial asistencia del poeta Osvaldo Ballina) incluyó poemas míos en la primera antología de poetas platenses que proponía dicha Editorial. Allí se afianza una nueva etapa en donde a la generosidad de Osvaldo, sumo la de Ana Emilia Lahitte (1921-2013), quien también me alienta. Y, sobre todo, me integro a un grupo de poetas de mi generación: Gustavo Caso Rosendi, César Cantoni, Martín Raninqueo, José María Pallaoro, Norma Etcheverry, Norberto Antonio, etc. y tengo el gusto de tratar a los mayores: Horacio Castillo, Néstor Mux, Horacio Preler. En ese marco, decido editar mi primer libro, “La intemperie”, con una joven editorial (Al Margen) y con un prólogo de Prenz.


3 — Tu actividad teatral, y hasta cinematográfica, prosiguió.

CA — En la década de los ´90 dirigí a una excelente actriz platense, Graciela Sandoval, en “Memoria y celebración”, unipersonal con textos míos y citas de diversos autores, pero recién a partir del nuevo siglo pude retornar con plenitud a la actividad. En 2006 dirigí “Pervertimento y otros gestos para nada”, de José Sanchís Sinisterra, y en 2007 regresé a la actuación en “Ensueños – Juana Azurduy”, de Omar Mussa y dirección de Nina Rapp, obra que representamos no solo en La Plata sino en el interior de la provincia y en distintas localidades del país, entre 2008 y 2013. Y con el mismo equipo realizamos “Palabras… La palabra ausente” en 2009 y 2010. En 2011 un accidente de trabajo me alejó de la actuación y posteriormente apenas intervine en algunas funciones de “Ensueños” con el mismo elenco.
Fue en 2007 cuando participé en el cortometraje “Entropía” (Facultad de Bellas Artes – UNLP), y en 2013 en “Cipriano. Yo hice el 17 de octubre”, largometraje de Marcelo Gálvez, y en algunos capítulos de una serie breve, que recién en los últimos meses pudo verse por la web: “Rastreros”, con guión de Marcelo Landi y Gabriel Saxe y dirección de Mariano Colalongo. La serie plantea el devenir de un grupo de refugiados en la Isla Paulino (de Berisso), en un futuro postapocalíptico, con inundaciones, desastres energéticos y quiebre del estado.





4 — ¿Nos ilustrás respecto de las antologías compiladas por José Muchnik y Julián Axat?

CA — Ambas son “temáticas”, responden a una situación extra literaria. En el caso de “Pan, amor y poesía – Culturas alimentarias argentinas”, fui convocado a partir de mi participación en la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria y en experiencias vinculadas a lo que se da en llamar “desarrollo local”: el cultivo del tomate platense y el vino de la costa, dos producciones muy típicas de la región donde vivo y cercanas a mi historia personal. En el caso de “La Plata Spoon River”, fue por una invitación del poeta y editor Julián Axat quien, a partir de la tragedia padecida en mi ciudad con la terrible inundación de 2013, decide incorporar a un grupo de poetas de distintas zonas del país, para que asuman, al estilo de Edgar Lee Masters, la escritura de un texto o poema póstumo de alguno de los ochenta y nueve fallecidos, es decir, darle voz a quienes no pudieron tenerla e incluso fueron silenciados y ocultados por mezquinos cálculos políticos (ya que el número total de víctimas, al principio, no quiso ser reconocido por las autoridades); fue una labor compleja pero, creo, necesaria.


5 — En el aglomerado urbano Gran La Plata se halla la localidad Villa Elvira, y así se titula tu último poemario.

CA — Villa Elvira es un barrio muy extenso y probablemente el más poblado de la periferia del casco histórico de La Plata. Es donde pasé mi infancia y casi toda mi vida adulta, desde que regresé en 1985. Los textos que conforman el volumen reflejan historias, personajes y sensaciones vividas; y las transformaciones sucedidas en los últimos años, que han cambiado sustancialmente al entorno urbano y sus pobladores. Me llevó su tiempo no caer en la trampa melosa de la nostalgia y encontrar el tono justo para el conjunto. Considero que algunos de los poemas se salvan.


6 — ¿Y tu próximo poemario?

CA — Me suele suceder que tengo varios proyectos “añejándose” en alguna carpeta de mi computadora o incluso, en algún conjunto impreso, dando forma embrionaria a un futuro libro. Pero hay ya una colección de poemas corregidos que articulan un relato amoroso, una experiencia, que probablemente se llame “Layla en la tierra sin mal”. Tengo otro conjunto que estoy preparando con el título de “Tregua en la propia casa” y un tercero, muy breve, “Historia natural – Canciones escanciadas”. En los tres casos, la cuestión del amor, los vínculos humanos, están en el centro de la escritura y al mismo tiempo, hay un homenaje, más o menos velado, a canciones o formas musicales que me han acompañado y me acompañan aún, entrelazadas con la vida.


7 — Sos miembro de Pixel Editora.

CA — Sí. Participo en una experiencia colectiva, independiente y autogestiva, que lleva adelante un entusiasta grupo de jóvenes en una casa–librería llamada “El Espacio”, en la calle 6 y diagonal 78 de La Plata, en donde coexisten una librería, distribuidora y editorial (“Malisia”), otras tres editoriales (Píxel Editora, Club Hem Editores y EmE), un taller de diseño, arte gráfico y encuadernación (Fa) y otras iniciativas afines al libro y la difusión cultural (Agenda Záz). El ámbito permite el dictado de talleres, presentaciones de libros y lecturas, proyecciones, pequeños recitales musicales, etc. Ya cumplió un año de trabajo ininterrumpido ofreciendo un refugio para la creación, el intercambio y el encuentro, lo que me gusta llamar “la socialización de los afectos”, imprescindible frente a la ferocidad del mundo.


8 — Dos citas de Baruch Spinoza y una de René Char anteceden cada uno de los tres capítulos de “Abrigo”.

CA — Alguien escribió una vez que las citas en un texto son como puntales, que el autor coloca aquí o allá con la pretensión de que sirvan de sostén a una construcción de la cual duda…; también es posible que funcionen al estilo de las oraciones cristianas o de las invocaciones a los dioses protectores. Prefiero pensar que son un modesto homenaje, una confesión de influencias. Releo cada tanto “Hojas de Hipnos” de Char y su hondura me fascina, es puro alimento; y encuentro en Spinoza algunos caminos para entender los males de la época. “Abrigo” arma lazo con el descubrimiento de la esperanza, después de “La intemperie”, y tanto uno como otro me han acompañado en ese derrotero.


9 — “Pueblos fugaces” está precedido en cada sección por epígrafes de Thomas Radcliffe (1525-1583).

CA — “Pueblos fugaces” nació a partir de un conjunto desordenado de poemas vinculados a experiencias de viaje; fue tomando más volumen cuando comenzaron a irrumpir lugares imaginarios. Me obsesionaba encontrar un orden a ese conjunto y así apareció Thomas Radcliffe, un heterónimo insospechado que me asaltó una noche de insomnio y me ofreció un libro apócrifo: “El camino del andariego”. Seguramente operaron en mí algunas lecturas sobre las andanzas de Aimé Bonpland y Alexander von Humboldt por América, y algunos viajeros ingleses y galeses por la Patagonia, como para dar vida a este ignoto epigrafista.


10 — Fuiste incluido con un artículo o relato en un volumen cuya autora es Ángela Gentile: “Diáspora griega en América” (Editorial Hespérides, La Plata, 2015).


CA — La propuesta surgió a partir de la invitación de la escritora y docente Ángela Gentile, fundadora de la Asociación “Ser Griegos”. Consistió en elaborar una biografía ficcionalizada, de unas 2000 a 2500 palabras, contando con escasos datos obtenidos oralmente, de una persona real, un griego de la ciudad de Berisso, para formar parte de un libro coral que recogiera vidas de exilados griegos en Argentina y América Latina: el enorme patrimonio que aportaron y sus historias en la tierra natal. En mi caso, la brevedad y complejidad del testimonio oral que se me ofreció, me sumergió en una apasionante búsqueda por la geografía y el devenir contemporáneo de Grecia. Cuando el volumen se presentó logré conocer a miembros de la familia de quien había contribuido con su testimonio y completar la semblanza de alguien a quien aprendí a respetar y apreciar como un auténtico testigo de su pueblo.


11 — ¿Nos referimos a tu condición de melómano?

CA — Con preferencias por el jazz (de los ‘50 para aquí), el rock, la música folklórica argentina, latinoamericana y europea, la música barroca y contemporánea. Crecí en una familia con escaso bagaje musical, vinculada a las colectividades de origen, italiana y española y, en el caso de mi padre, por esa vocación argentina de los hijos de inmigrantes por el tango. Era un amante de Gardel, el uruguayo Julio Sosa y el tango de los ‘40 y primeros ‘50, pero aborrecía a Astor Piazzola. Mi formación arranca tanto por el rock como por los cantautores de los ‘60: Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, Patxi Andión, y la nueva música folklórica argentina y latinoamericana: Violeta Parra, Alfredo Zitarrosa, y un largo etcétera. Con el jazz me encuentro en los comienzos de la dictadura de 1976 y empiezo a escuchar a los grandes del bop y del cool de los años ‘50 y ‘60. Me enamoro de Miles Davis, Keith Jarret, ¡Charly Haden! y muchos otros. Hay un acervo cultural enorme en los años que van desde final de la segunda guerra a los ‘80, por lo menos. Considero que se ha ido perdiendo esa riqueza y hay una estandarización tremenda de las propuestas musicales (lo mismo que con la cultura en general) que se corresponde con lo que Castoriadis llamó “el avance de la insignificancia”. Estamos en una época en donde la profundidad puede hallarse en la experiencia con pequeños grupos, fuera de la grandilocuencia de los planteos del “mainstream”, de los presupuestos y dictados del “mercado”. Estamos inundados, por otra parte, de un interminable “revival” y refritos de músicas de las décadas pasadas, y eso es solo otra estrategia de mercado: golpes de pura y envenenada nostalgia.


12 — Tengo entendido que has viajado tanto como te ha sido posible.


CA — Por arraigada convicción y necesidad vital. Recorrí gran parte de nuestro país, varios de Latinoamérica y algo de Europa. Hay un cambio psicofísico comprobado en quienes prepondera el hábito de los viajes. Un nuevo sentido de pertenencia a la manada humana, de respeto frente a las nuevas geografías. Una manera mejor de ubicarse frente a los propios conflictos, las expectativas, las esperanzas. Y lo más conmocionante, el mayor aprendizaje es cuando uno se anima a “perderse” por callecitas, por senderos poco explorados, por fuera de la postal turística. Recuerdo ahora, por ejemplo, una charla con un maestro campesino de Cotacachi, en Ecuador, que mantuvimos mientras almorzábamos en una feria de comidas típicas y bailes, donde permanecimos hasta proseguir nuestro trayecto a Quito. El maestro nos explicó, con absoluta calma y dedicación, la concepción de justicia de las comunidades indígenas andinas, en donde enseñaba. Terminamos de almorzar y se despidió calzándose el sombrero y diluyéndose entre el gentío.


13 — ¿Y los deportes?...


CA — No he sido un buen deportista, pero me atraen los deportes de equipo. En futbol soy hincha (no fanático) de Gimnasia y Esgrima La Plata, y del Barcelona F. C., como para compensar tanta sequía de triunfos locales. Hay una belleza implícita en el buen juego que, cuando sucede, provoca una emoción sin dudas estética. Siento que pasa lo mismo en el rugby o el básquet. Pero no he mantenido hábitos deportivos; si algo me ayudó a sostener alguna disponibilidad física es la práctica teatral y las disciplinas vinculadas.


14 — Sos miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Plata.

CA — En realidad, he sido miembro activo durante algunos años, a fines de la década de los ‘90. Sucede que por haber trabajado, a comienzos de la recuperación democrática, junto a Emilio Pernas, miembro fundador de la APDH de La Plata, conocí a muchos de sus integrantes y valoré (y valoro) su sostenida defensa y promoción de los derechos humanos. Las consecuencias de la última dictadura militar sobre el tejido social y cultural de nuestra región han sido tremendas. La Plata fue uno de los epicentros de la represión sistemática y las huellas están presentes aún hoy. Dentro de la actividad artística fue casi impensable para nuestra generación no reflexionar sobre esa época y actuar en consecuencia tratando, al menos, de impulsar la verdad y la justicia sobre la barbarie cometida y el castigo a los culpables.


15 — Si sos un tipo sociable y hasta te agrada cocinar —según me refirieron—, tendrás bastantes amigos.


CA — A esta altura de la vida, ¡y después de varios años de intoxicaciones virtuales!, no creo que la amistad tenga que ver con la cantidad, tampoco con una selección de distinguidos o exquisitos. Pero es cierto que me gustan las reuniones, la conversación, la charla animada con algún brebaje compartido y esa leve exaltación de los sentidos que hace que la afabilidad y la empatía brillen. Hay que preservar y ampliar esos espacios de convivencia. Hay una concepción de la cultura como mero entretenimiento que está matando la formación de un público inteligente y sensible frente a los problemas humanos. Una alternativa igualmente miserable es la idea de lo culto como una acumulación de datos, como si se tratara de postales o fichas para demostrar cierta pertenencia social, cierto “roce”. En ambos casos se degrada el trabajo creador y el hábito del dialogar, del intercambio, no solo de certezas, sino de lo que es más importante: dudas, hipótesis imprecisas, el riesgo del placer de lo inseguro, aquello que por bello o insondable nos conmueve. En ese momento cada uno se cierra en una ristra de lugares comunes y la amistad, como el amor, se degrada.


16 — ¿Qué poetas admirables, olvidados o no tanto, no han modificado el curso de la literatura, y cuáles sí lo han hecho?


CA — No sé responderte. Quizás porque no tengo un canon adquirido, ni una formación académica con la cual dialogar, discutir, aprobar, refutar. Evalúo, más bien, que en la historia hay “corsi e ricorsi” y además, somos parte de una cultura en profunda mutación, cuyo sentido, su dirección, es para mí un misterio. Por ejemplo, ¿alguien ha recogido el guante de Miguel Ángel Bustos [1932-declarado desaparecido por la dictadura militar el 30.5.1976] y estudiado a fondo las poéticas de las culturas originarias de América como para generar un nuevo lenguaje americano? ¿Es posible ir más allá de las búsquedas de un Gelman o Leónidas Lamborghini con sus planteos sobre la lengua? ¿Es posible recuperar o reformular el vínculo de la poesía con el ritmo y la música presentes en los orígenes del propio idioma español? ¿Es posible superar cierta desmedida atracción por un canon “norteamericanizado”? Por otra parte, hay una excesiva propensión a fijar campos, clasificar, esquematizar o periodizar a la cultura, y a mí no me interesa. Es una tarea de la Institución. Lo que debe ser facilitado es el acceso a la poesía universal y después, que cada uno encuentre su poeta. Reconozco que en distintas etapas he necesitado la novedad, y en otras volver a las fuentes de mis primeras lecturas o de la propia lengua, pero en todos los casos, yo no puedo separar totalmente poesía y experiencia y ése es mi límite, tanto para la exploración como para el gusto. Entonces no se cuán olvidado está un Cesare Pavese o un Baldomero Fernández Moreno, por poner ejemplos, porque el problema es otro: muchos no los conocen y sus lecturas están guiadas por el canon de cierta moda muy sitiada y elemental.


17 — En “Yo el supremo” de Augusto Roa Bastos, esto: “Delirio de la transparencia: el lector, olvidado del libro, se ve mirado y leído por los personajes”. ¿Alguna experiencia tuya de lectura se acercaría a lo descripto?...

CA — Sí, lo he percibido en mi adolescencia, con algunos libros de Bradbury (recuerdo, por sobre otros, “El vino del estío”); lo he sentido en los ‘90 con algunos de Paul Auster; no olvido el impacto de la lectura de Roberto Arlt en mi juventud, el terror de ser un Erdosain sin rumbo, vagando por una ciudad devastada. Hay algo en los grandes libros que inevitablemente nos interpela en tanto humanos, nos enfrenta con nuestras propias dudas y decisiones vitales. Pasa con la gran literatura, con la gran poesía. Cómo no recitar en plena dictadura, como un mantra mental, el “mañana es mejor” del amado Luis Alberto Spinetta; cómo no sentir que Raúl Gustavo Aguirre cuando escribe “(...) No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,/ ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada/ haciendo todo lo posible para que salga el sol,/ para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada/ que acecha tanta maravilla”, está hablando de nosotros, de nuestra tremenda orfandad, de nuestra esencial desolación.


18 — ¿Qué te hace reír a mandíbula batiente?

CA — Desde hace dos años, el humor, la alegría, tienen que ver con mi nieto. Es difícil no caer en lugares comunes, pero la presencia de un niño revitaliza al niño propio y con él uno se permite toda clase de ridiculeces y absurdos. Siempre me ha entusiasmado ese tipo de comicidad. Puedo escuchar una y otra vez algunos de los monólogos de Daniel Rabinovich con “Les Luthiers” y no dejo de llorar de la risa con sus juegos de palabras; lo mismo me pasa con los grandes del cine mudo, como Chaplin o Buster Keaton.

En lo estrictamente personal, me complace recrearme con el ridículo cuando tengo la posibilidad de hacerlo, sobre todo para escapar de cierto malestar que me “encabrona” como consecuencia de realidades que me violentan (también, claro está, por el propio avance de mi edad). Pese a diferencias, o incluso algún que otro malentendido, con mis hermanos sobrevive cierto hábito del juego absurdo y el humor, y es muy curativo.


19 — ¿Carlos Mastronardi, Francisco Madariaga o el ya citado Leónidas Lamborghini?

CA — Me golpeó primero Madariaga, ese “criollo del universo” me parece entrañable y bellísimo, esa especie de sincretismo entre la vanguardia surrealista y su amor por la tierra natal, “lo real maravilloso” de los esteros, imágenes de una potencia arrasadora. En Lamborghini me seducen sus escarceos sobre los mecanismos del idioma y su vocación política profunda. Política en el sentido más ubérrimo del término, como sentía Vallejo o Gelman; en Lamborghini hay una ironía que viene en la lengua amasada desde el fondo de nuestra historia, presente en nuestras clases populares, en sus mitos y en sus esperanzas y luchas, y él opera con todo el andamiaje de la vanguardia, para resignificarla, para hacerla presente vivo. Con Mastronardi me he atrevido poco, y lo poco leído lo debo a los poetas mayores de La Plata. Alguna vez charlamos con Mux o con Preler sobre lo que significó Mastronardi para ellos; creo que su poesía está emparentada con las suyas, una forma de llegar a una economía del lenguaje sin altisonancias, sin recarga emocional, un “objetivismo de provincia” me animo a decir, para poder hablar de graves o sencillas cosas y conservar un sentido casi sacro del poeta y su oficio, esquivando banalidad y grandilocuencia, dos graves carcomas del poema.


20 — ¿Sor Juana Inés de la Cruz, Katherine Mansfield o Delmira Agustini?


CA — No son escritoras que haya leído exhaustivamente. Me siento más cerca de Katherine Mansfield, por temperamento, por su peripecia vital, pero volver a leer a Sor Juana o a Delmira es refrescar el idioma propio. Necesito, cada tanto, releer la extensa historia de nuestro español. No se puede, me parece, abandonar a Quevedo, Jorge Manrique, Cervantes…, San Juan de la Cruz, las cántigas de Alfonso X, los viejos romances, los cantares de gesta…


21 — Opina una de las dos narradoras de la novela “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery: “La facultad que tenemos para manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante.” ¿Añadirías…?

CP — A pesar de que sabemos que somos equilibristas, allí arriba, entre vientos cruzados, sonidos sorpresivos, un pájaro inesperado que nos roza el hombro y el rumor que sube desde quienes nos observan desde el suelo, ajustamos milimétricamente cada músculo del cuerpo, segundo a segundo, para no caer de la cuerda… Pero tal vez sentimos que somos como las casas flotantes de Ámsterdam o el Tigre: no hay cimientos, nuestras creencias no pueden sostenerse como una roca imperturbable en un planeta en permanente mudanza, en permanente desarraigo. Quizás lo único inmutable sea la interrogación que llevamos grabada a fuego dentro nuestro y empuja algo parecido a una fe, algo para tener con qué seguir viviendo.


22 — “¿La rutina te aplasta?” ¿Qué rutinas te aplastan?

CA — ¡Deseo un poco de rutina…! Estos últimos años han sido muy activos, con proyectos y participaciones diversas, con muchos encuentros, charlas; no percibí que me hayan provocado desánimo, que me hayan “aplastado”. En todo caso, me han golpeado datos de la realidad social y política, de la cual solo puedo responder con mi cuota de esfuerzo y aspiraciones. En más de una oportunidad he sentido la urgencia de vivir con la mayor intensidad posible.


23 — ¿Qué tipo de dramaturgia preferís? ¿Cuál detestás?...

CA — Hace unos meses vi “Terrenal”, de Mauricio Kartun y salí exultante del Teatro del Pueblo. Es la dramaturgia que más me interesa: replantea una gran historia universal trasplantada a nuestra geografía y nuestro acontecer (y con una labor actoral soberbia a partir de un evidente buceo en la gestualidad y el juego y el sinsentido propio del humor de insoslayables actores que hemos tenido por aquí). No es la primera vez que me pasa con Kartun. Detesto la dramaturgia que no arriesga, el subproducto televisivo. Y, en parte, el teatro de gran producción (particularmente la comedia musical) que se ofrece como un calco de producciones importadas, sin trazos de adaptación o relectura: una nefasta banalización.



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