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Asunto: Mi Poema o Mi Cuento
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Juan Carlos Moisés: Poemas


Juan Carlos Moisés nació el 4 de agosto de 1954 en la ciudad de Sarmiento, provincia de Chubut, la Argentina; desde 2015 reside momentáneamente en la ciudad de Buenos Aires. // Por Rolando Revagliatti

La laguna


caminaba por el mundo
que era una nuez
una pequeña bola de tierra y plantas
me sentía bien mientras caminaba
inadvertido
bordeando una laguna
y un campo de alfalfa



desde ese espacio envolvente
una bandada de patos
se voló haciendo ruido con el pico
avancé por el verdor
hacia su centro
y otra bandada se elevó
con las patitas mojadas
hubo un momento en que toda la laguna
quedó para mí
me desnudé y me zambullí
los patos tardaron en volver
se acercaron con miedo
y comenzaron a nadar a mi alrededor
no demostré violencia alguna
moví mis manos
agité naturalmente mis brazos
para imitarlos
para ser como ellos
para mirar el mundo desde la laguna
perdido aleteando en medio de las ramitas
donde el pato más grande y más feo era yo


(de “Querido mundo”, 1988)


*




Manuel Bandeira en el Sur


un álamo
ha crecido delante de la casa
en medio del jardín
entre pinos jóvenes y flores
un álamo que no plantamos
irrumpió un día y fue creciendo
desde su firme raíz hacia la luz

sin pensar demasiado lo llamé
por su nombre:
Manuel Bandeira
y el álamo me contestó
como seguramente me hubiera contestado
Manuel Bandeira
después persistió
en sus intenciones de hablar

desde entonces
lo escuchamos decir buenas tardes
buenas noches ser amable
saludar perro hormiga o mujer
es evidente:
Manuel Bandeira quiere darse
a conocer
entre los vecinos



y hay todavía un muy curioso agregado:
insulta a quien no le devuelve el saludo
el saludo es fundamental
dice uno de mis tíos
mientras que a Manuel Bandeira le tiemblan
las hojas las nervaduras las gotas de rocío
y en verdad su irreverencia
no desentona como hecho particular
o filosofía de vida
aunque me temo que su hermosa
existencia terminará con un hachazo
después lo haremos silla donde sentarán
al acusado


(de “Querido mundo”, 1988)



*


Flamencos en la laguna


Esos flamencos todo
el día al sol sumergen
la cabeza movediza en el agua
apoyados en el firme equilibrio
de una de sus patas; están clavados
en la laguna, tallados en el aire.
Cada tanto rompen la monotonía,
curvan el fino pescuezo, el pico se levanta,
estiran la pata encogida y dan un paso largo
y lento que se hunde y se clava
como la pata anterior,
que ahora se pliega y espera
mientras bajan la cabeza a bucear.
Todo el interés está ahí, en la turbiedad
del fondo, en los pequeños hallazgos nutritivos.

Ninguno de esos actos minuciosos
me incluye, ni soy de la familia de esas aves;
tampoco soy lo que se dice trigo limpio
para acercarme a refrescar mis pies
sin que algo no deseado ocurra
en el plan trazado por los flamencos.

Y aunque no son mis ojos los que ven bajo esa agua
ni tengo plumas rosadas, no me aguanto: mordido
por las hormigas de la curiosidad
que siempre me empujan a donde no me llaman
me acerco a la orilla
todo lo que más puedo,
hasta que en el límite de la confianza
los flamencos levantan vuelo
con tres o cuatro aletazos,
las flacas patas colgando sobre la laguna.

Si yo fuera ellos
daría un rodeo largo y sin pausa
con la esperanza de que se fuera el entrometido
y entonces volvería lo más campante
con las alas desplegadas
a posarme otra vez en medio de la laguna,
una sola pata apoyada
en la turbiedad del fondo.

Pero se ve que esos flamencos
tienen otros planes para resolver el dilema,
y acribillados inútilmente
por la doble intención de mi mirada
siguen adelante y se pierden en el cielo
capaces como son de ver a lo lejos
adónde lleva el camino.


(de “Animal teórico”, 2004)



*


Un bar en el camino


Cuando entré a ese baño de bar
del camino y la puerta se trabó
sin explicación, creí encontrarme
en el mismo infierno; no advertí
que hubiera lo que estrictamente
se llama fuego, crepitaciones,
gritos de dolor, sólo unos pocos malos
olores que me envolvieron
y la lamparita que no prendió.
Para estar en medio de la pampa alta
y desmesurada ese baño era un lugar
demasiado pequeño, sucio, opresivo.
Ni las frases chistosas escritas
en la pared con letra despatarrada
fueron capaces de provocarme
la mueca de una risa.


En las manchas de humedad
del revoque descascarado
vi con horror la sombra del que soy,
vi rostros no amados,
vi todo lo que no se desea ver:
de mí, de los otros, de lo otro.
Dije es el fin, ahora sé cómo es
la última visión de una persona.

Mi única esperanza fue
el ventanuco; después de forcejear
en lo alto durante unos momentos,
el hierro viejo, debilitado, carcomido
por el óxido, cedió,
y cielo y nubes entraron
increíblemente a tiempo.


(de “Animal teórico”, 2004)


*


Hervidero parlante



Mándeme sus libros sin falta y con una dedicatoria. Pero no
ponga “estimada”; simplemente: “A Masha, que no recuerda
de dónde viene y que no sabe para qué vive en este mundo.”
Antón Chéjov
(Masha a Trigorin; “La gaviota”)





Cae una lluvia desapasionada.
No sé quién adormece a quién.
Parece que nada hubiera pasado en años
y sin embargo nada parece lo que es.
Algo se despierta en nosotros en este
amanecer en apariencia indoloro,
y un temblor oculto nos conduce
a la calle y la calle al trabajo
y nos deposita en la realidad del día
que comienza para uno y todos.
Pasadas las horas, con la tarea cumplida,
esta lluvia ni alegra ni lastima,
y con sus variaciones sigue cayendo
más o menos lenta sobre nosotros.

Caminamos sin alarma. Por nuestros
ojos vemos pasar las cosas en forma
de imágenes distraídas que para ninguno
parecen estar necesitadas de explicación.
Pero las cosas siempre representan un desafío
reiterado, mientras el hervidero parlante
sigue ahí, detrás y a veces en las cosas
mismas, como siempre, como en estos
días o en los días inciertos que vendrán
con interpretaciones y argumentos a granel
que el cerebro recibe sin terapia anticonvulsiva
alguna (la psiquiatría la denomina TEC).
Bueno sería, de una vez, que las neuronas
saltarinas se defendieran solas. Una posible
sería que el cable con los electrodos invirtieran
los electroshocks para ser aplicados en la sien
a las distintas caras que presenta la realidad,
y por fin sepa quiénes somos y nos ayude
a saber “para qué estamos en este mundo”.

Pienso y no lo digo: que a cambio de aquella
alegre soberbia de la juventud para juzgar
al mundo hoy tenemos esta triste modestia
de la edad madura para rebelarnos.


(a Jorge Fondebrider)

(de “El jugador de fútbol”, 2015)



*


La modelo y los jóvenes muertos


Algunas de las balas que no dieron
en el blanco buscado fueron a incrustarse
en varias partes del cuerpo de una modelo
que anunciaba un producto comercial
en un cartel de la publicidad callejera.
Las balas que dieron en el blanco derramaron
la sangre de los jóvenes que murieron
en la protesta. La sorpresa y la duda
nos surgieron en ese mismo momento,
porque aun ante la exagerada intervención
policial, y en el peor de los escenarios,
suponíamos que las cápsulas sólo debían
contener inofensivas municiones de goma.
Enfocados por las cámaras no había nadie
que no se mostrara indignado, sin dar un
paso atrás, dispuestos a resistir lo impensado,
mientras nosotros, arropados por los días
de invierno, mirábamos impresionados
en la comodidad del living de nuestra casa.

En los fragmentos que vimos en el televisor,
a dos mil kilómetros de los hechos, las escenas
eran desgarradoras, ahora que las desgracias
se transmiten en vivo y en directo al planeta.
No nos quedaban dudas, una vez más,
de la desesperada y trágica pasión argentina,
en la que todo vuelve a empezar como en la cabeza
de un paciente crónico sin memoria.
(¿Qué representaba la discusión intrascendente
que habíamos tenido con mi mujer esa mañana
sobre un tema que ya habíamos olvidado?)
Poco se podía hacer ante la pantalla inmutable
que seguía repitiendo en crudo lo sucedido
con un regodeo gratuito para el espectador,
porque a los manifestantes volvían a matarlos
como si una vez ni diez ni veinte bastaran.
Pero el ensañamiento virtual tenía su piedad,
cuando nos daban un respiro y mostraban,
desde otro ángulo y encuadre, las balas fallidas
—suponemos, por impericia del tirador—
que seguían impactando en el cuerpo indefenso
de la modelo de papel, que a pesar de la balacera
no dejaba de sonreír, como si no le importara
o no fuera verdad lo que estaba sucediendo
ante sus ojos delineados y los nuestros acongojados.
No daba signos de estar pensando que la belleza
no puede durar, ni que las decisiones de los hombres
corrompen con más apuro que la crueldad del paso
de los días. Juraría que ella habría confiado en las
personas antes que en la erosión natural del tiempo.

Cuando los jóvenes iban a morir una vez más,
abrí la puerta y salí al patio; nada se oía,
nada se movía en el aire tenso de la oscuridad.
Al pie del pino me quedé un momento sin
decisión. Luego hundí las manos en la masa
de nieve helada que había caído la noche anterior.



(2002, de “El viento que hay allá afuera”, poemas inéditos 1977 / 2015)



*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Juan Carlos Moisés y Rolando Revagliatti, 2016.
http://www.revagliatti.com.ar/051006a.html
http://www.revagliatti.com.ar/051008b.html


Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

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