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Eugenio Mandrini: Poesía y prosa

Eugenio Mandrini nació el 16 de diciembre de 1936 en Buenos Aires, donde reside, capital de la República Argentina. // Por Rolando Revagliatti

Eugenio Mandrini selecciona tres poemas de “Conejos en la nieve” y tres microficciones de “Las otras criaturas” para acompañar esta entrevista

EN EL OJO DE LOS CRÉDULOS


Soy el mago.
Soy lo imposible.

El trébol que detiene el salto del suicida.
Un fósforo del que brota un jardín por cada sombra rota.
Un ahogado que emerge del mar y danza triunfal sobre
el oleaje.
Una ventana por la que pasa una visión del paraíso cuyo
fulgor no cabe en el sueño.
Un espejo donde la sorpresa admira sus dilatados ojos.
Una luz, en fin, en el ceniciento hastío.

Soy el mago.

Puedo llegar a engañar el tacto de los ciegos
esconder la botella de pavor que sorbe la muerte
hacer parpadear un ojo de Dios o conmover su lejanía
inmutable.

Soy lo imposible, ya lo dije.

Como el viento que viene de las hendijas de la
antigüedad y cruza sin opacar el aire
o los deseos alcanzados y en una ráfaga perdidos
o el estallido de un hombre y una mujer entre
las herrumbres de la noche:
soy también el instante.

Soy el mago.

Fugaz como la felicidad de pronto desaparezco.
De pronto, también, si el ojo de los crédulos me llama
regreso
con resplandores de tigres de papel
y otras brevedades de la luz
donde empiezo a no saber quien soy.



*


AQUELLO


Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos. Apenas unas almas ávidas
andando por los infiernos de esta tierra
que sin embargo va perdiendo la luz.

Estoy entre los que buscamos Aquello
que suele aparecer tras el torbellino de las visiones
o en los destellos de ciertos libros
de cólera y espuma: un lugar secreto imaginado
donde el tiempo aún no gastó sus primeros días.

Estoy entre los que buscamos Aquello.
No somos muchos y estamos locos (dicen)
porque sólo a los muertos les está dado entrar
a la dimensión de los grandes sueños,
tercamente locos (dicen) por querer saciar la sed
en la lengua de la verdad dado que ella es piedra muda.

Estoy entre los que buscamos Aquello.
A veces alguno lo augura y canta,
canta un himno todavía no escrito que habla
de hacer azul la sombra, olvido el llanto, sin trémolo
la jaula, inaudible la palabra vana,
hasta que una gota de penumbra apaga
el júbilo y los ojos.

Estoy entre los que buscamos Aquello,
que para algunos es la atracción del abismo,
para otros el único lugar bajo el sol
que ya no arde como entonces, y
para los que miran con un ojo ciego
y el otro desmesurado, la belleza que huye
y que no tiene fin.

Estoy entre los que buscamos Aquello.



*


LA ALMOHADA


En mi almohada hay un tigre.

Me lava la cabeza con su aliento de fósforo,
me cuenta la selva en el oído, el matorral
donde acechan las voces del terror o el susurro, el
arte del sigilo que apaga el gemir
de las hojas secas.

En mi almohada hay un tigre.
El resplandor donde los ciegos tambalean.
La sangre de la luz que envidia el fuego.

Si duerme —raras noches—
lo hace con la cola enroscada en mi cuello
como un látigo que espera.
Si está alerta —tantas noches—
me habla. Me dice: —Escribe,
con el asombro del color que soy
con el hambre de las entrañas que soy
con el brillo de oscuridad de la mirada que soy.

En mi almohada hay un tigre.
Todo tigre es un poema feroz.




RAÍCES


Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de esos pájaros. Acaso porque esos pájaros miraban demasiado la distancia y la distancia los hipnotizó. O acaso porque la memoria del árbol muere después.



*

PARPADEOS


Sólo hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número perfecto? Está ése al que no hay explosión ni asamblea de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda. Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto en éxtasis y bajo la luz furiosa del medio día cree que los ojos le vuelven. Y finalmente está aquél, el ciego que palpa afanoso los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los breves mundos. Ése, el tercero, es el amante.



*


NO TODO ES DESIERTO EN EL DESIERTO


En los tiempos en que gobernaban los poetas se castigaba duramente a quienes no lo eran, como el caso de ése que fue abandonado en el desierto donde, sin embargo, no murió de sol, ni de frío, ni de sed de hambre, ni de hambre de sed, ni de no saber nadar cuando el viento hacía oleajes de las dunas, ni de inmensidad, ni de ausencia de oasis o lluvia o manta en la noche de fiebre. Y ni siquiera murió de muerte.
Se hizo espejismo.
Sus camaradas de fulgor coinciden en reconocer que nunca hubo en el desierto un poeta como él en el viejo arte de crear visiones de la nada.


*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Eugenio Mandrini y Rolando Revagliatti, 2016.

http://www.revagliatti.com.ar/olivari.html
http://www.revagliatti.com.ar/act9002/mandrini.htm

Para contactarnosescobarlarevistadigital@gmail.com

Antología en La Revista
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