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EL DISCO DE LA ABUELA de Juan Carlos Villalba

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Por una política de la ficción de Amir Hamed

La representación de los persas realizada por Esquilo (de gran dignidad dramática, puntualicemos) carecía, dice Said en Orientalismo, de exactitud. // Autor: Amir Hamed

Alguna vez Edward Said denunció, por decirlo así, a Esquilo, puesto que en Los persas el griego se permitía representar a los asiáticos. Estamos, por supuesto, en el muy germánico berenjenal de la representación: hablar de y hablar por (respectivamente, Darstellung y Vertretung). ¿Cómo podía permitirse la tragedia ateniense hablar de y por los asiáticos? La representación de los persas realizada por Esquilo (de gran dignidad dramática, puntualicemos) carecía, dice Said en Orientalismo, de exactitud.


Más aún, al representar al asiático, el griego ya no tiene necesidad de él, proseguía Said. Esta suplementareidad, por supuesto, podría cubrir varios registros de la vida y el arte: porque tengo un óleo, o un muñeco inflable, tal vez ya no precise la cercanía de la persona amada. O más, porque tengo un bucle o un diente de leche, ya no requiero su presencia.

Claro que el palestino Said, quien publicaba esto en 1978, lo hacía tomando en cuenta una geopolítica del discurso. Su denuncia consistía en afirmar que todos los departamentos de estudios orientales de Estados Unidos seguían presos de un prejuicio interpretativo. El Oriente que en la modernidad retrata Occidente, por ejemplo el Oriente de Ernest Renan, niega la contemporaneidad (coevalness) del retratado. Su gloria, como las pirámides de Egipto, es cosa del pretérito y nada tiene que ver con los desarrapados que pueda encontrarse el cronista en su camino. Dicho de otro modo, Occidente sería el presente, el que presenta y (re)presenta. Como diría Marx en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, y como cita Said, siendo que “no pueden representarse a sí mismos, deben ser representados”. Esta premisa (la alteridad no tiene cómo representarse) terminaría, entre otras lindezas, en la entronización del Partido de Vanguardia que a su turno terminaría hablando por todos los desposeídos del planeta.

En Orientalismo se puede rastrear la matriz de lo que estos tiempos llaman “políticas de apropiación”, por la cual nadie, se supone, podría representar (ni hablar de ni hablar por) otra cosa que no sea sí mismo. Se trata de políticas identitarias de una desconsoladora pobreza epistémica ya que solo pueden dar cuenta del pleonasmo, cuyo correlato vienen a ser las “narrativas del yo” y complementarios actos de decoro no menos penosos. Por ejemplo, estudiantes que den una fiesta mexicana en un campus sajón, y en ella usen sombreros mexicanos, serán acusados de apropiación cultural, de falta de empatía y serán expulsados, como lo han sido, de los dormitorios de la universidad.

Esta fiesta mexicana fue denunciada en el Brisbane Writers Festival por la escritora estadounidense Lionel Schriver en su afán por señalar que la apropiación cultural y también las políticas identitarias apuntaladas por el discurso de la corrección política no son sino efímera moda. En su exposición, cuerdamente, Schriver señala como desatino exigirle a los escritores un “permiso” para usar personajes ajenos a su raza o cultura. La conferencia, sin embargo, no pudo sobrevivir al tumulto que provocó, comenzando por el alunamiento de una inmigrante sudanesa, Yassmin Abdel-Magied, quien se preguntó “cómo puede estar sucediendo esto”, se puso a llorar y se marchó rauda y húmeda porque semejante exposición le resultaba intolerable. A esto le siguió activísimo revuelo en redes sociales, denuncias a la escritora, en fin, un emporio escasamente benévolo de estupideces planetarias.

El asunto ocupó, incluso más recientemente, buenas páginas de The Guardian y The New York Times, incluyendo la siguiente conclusión por parte de Schriever:

“La señorita Abdel-Magied se hizo la pregunta correcta: ¿cómo puede estar pasando esto? ¿Cómo es que la izquierda, en Occidente, ha llegado a ser la restrictiva, la censora, la que impone una ortodoxia por lo menos tan tiránica como el conformismo anti comunista y pro cristiano en el que yo crecí? Los liberales, ominosamente, se han rebautizado a sí mismos "progresistas", olvidando un nombre que tiene raíces en liber, libre. Progresar es meramente ir hacia adelante, y uno puede ir hacia adelante directo a una zanja.

Proteger la libertad de expresión implica proteger las voces de las personas con las que uno puede disentir violentamente. En mi juventud, los liberales defendíamos el derecho de los neonazis a manifestar. No puedo imaginarme a nadie en la izquierda haciendo eso hoy.”

El asunto, de todos modos, aquello que queda flotando como un mal gas que desencadena lágrimas de inmigrada, que consterna a sus allegados, que indigna al turbión de aquellos que, recatadamente, lucirán peinados afros o cherokees, testas rapadas o boinas pero jamás un sombrero mexicano, es lo que cualquiera que ignore lo pormenores más elementales de lo literario (por ejemplo las autoridades de la Intendencia de Montevideo, que establecen un premio Onetti de narrativa cuyas bases estipulan que serán premiados aquellos textos que incluyan minorías) se dice hoy a los gritos. Porque si la señorita Abdel-Magied se dilapida en pucheros es porque, a fin de cuentas, ¿cómo se le puede ocurrir a alguien escribir sobre otro que no sea él, ella, o esa equis tan trans de estos días?

Esto tal vez sea moda pasajera, como señala Schriever, pero también síntoma de la cima de cicatería espiritual y fascismo con signo de izquierda que impera hoy, enancado en el comisariato de la corrección política. Preciso es atender que esa pregunta que está en el fondo, llamativa por lo ordinaria, por lo lela, por lo generosamente ignorante, se plantea, en términos un poco más generales, de este modo: ¿cómo se le puede ocurrir a la ficción escribir de otro?

La respuesta, ostensible para cualquiera familiarizado con ficciones, es que a la ficción se le ocurre eso, y sin permiso, porque jamás se le ocurrió otra cosa. Porque si algo es la ficción es escribir de alteridades, sea ese otro una divinidad, una heroína, una fiera, una civilización o batallones de alienígenas. Eso, precisamente, garabatear lo que no soy, es lo que abre el arco de verdad de la ficción, aquello que le permite darse al conocimiento. ¿Puede Horacio Quiroga escribir sobre un tigre o una anaconda, puede Jack London escribir sobre un perro o un lobo, o Anna Sewell escribir sobre un caballo siendo que ninguno de los tres ha sido, hasta donde podemos saber, sierpe, cánido ni equino? Por supuesto que pueden, lo mismo que el innominado autor del Gilgamesh podía escribir sobre un semidiós, Homero sobre troyanos, Shakespeare sobre caníbales americanos en una isla del Mediterráneo o Dostoievski, quien hasta donde sabemos nunca mató a nadie, puede escribir sobre un asesino de viejas.



Ahora bien, ¿son exactas las descripciones de caníbales, troyanos, caballos o asesinos? Vaya a saberse. En muchos casos son incluso mejores, pues dan con la necesidad del caballo o del asesino y no con su singularidad. En otros casos son inexactas pero sirven para poner de relieve, justamente por su distancia, el mundo que nos rodea. Eso, con puntualidad, eran los persas de Esquilo, anomalía dramática de entonces, ya que la tragedia ateniense no presentaba contemporáneos (presentaba héroes, gentes del mito). Y si acaso inexacta en términos referenciales, Los persas, precisamente en su inexactitud, en su darse fantasmático, permitía a los atenienses reflexionar sobre su hubris.

Por otro lado, ¿qué garantía tengo yo de escribirme a mí mismo con precisión? A saber por el doctor Freud, pocas o ninguna. Y por otra parte, además de impreciso, ¿qué me vuelve a mí interesante? Nada. Salvo que escriba muy bien, y si puedo hacer esto, yo dejo de ser yo, idéntico a mí mismo, para volverme instancia transyoica, una tercera persona, por decirlo así, desprovista de referente real.

Convendría recordarle a Abdel-Magied, al club de las fiestas sin sombrero y a la división de cultura de la Intendencia de Montevideo que en un libro posterior, Culture and Imperialism (1993), Said se dedicó a estudiar la novela europea, precisamente porque el género enseña sobre la situación del imperialismo. Es decir, entendía Said que esas obras “admirables” son buenas para el espíritu justo porque transmiten (convey) el imperio, y al transmitirlo, permiten desentrañarlo. Said no percibe que, como creo haber mostrado, la novela es un género por definición imperial (además de en mi tesis de doctorado, previa a la publicación de Culture and Imperialism, también en una columna), siendo que él toma como punto de partida el dieciochesco Robinson Crusoe de Daniel Defoe; lo medular, de todos modos, es que habiendo sido precursor de los antiapropiacionistas, Said entendía que las ficciones enseñan, o si se prefiere, alertan. En esto no difiere de Marx y Engels, quienes entendían que un legitimista como Balzac era mucho más revolucionario que un engagé como Émile Zola, dado que las novelas del primero permitían advertir, mucho mejor, las contradicciones materiales y conflictos de clase.

Claro que hoy, en medio del aturdido savonarolismo que nos rige (el domínico Savonarola, se recordará, fue muy dado a la quema de libros), los que se autoproclaman de izquierda lo último que atinan es a leer media línea de Marx. Y claro, también, que las denuncias de Said en Orientalismo estaban enmarcadas en la misma épica que las de Marx, es decir en una de la liberación, mientras su histérico llanto les permite a las masas santurronas, apenas, vivirse como víctimas, paralizadas, sometidas, en fin, temblorosas y hechas llanto. Como a toda víctima, las somete el miedo, ese miedo sobre el que otrora se expidiera, en su Bosquejo para una teoría de las emociones, Jean Paul Sartre. Para el existencialista, el miedo (ese llanto de la señorita sudanesa, la frenética búsqueda de safe spaces por parte de estudiantes universitarios de campus estadounidenses que no pueden siquiera lidiar, ya no con conceptos, sino con vocablos) es un “refugio”, con el que lidiamos de dos maneras, el desmayo y la huida, justo las conductas de la migrada sudanesa. Ella no puede entender que algo suceda y, por tanto, aniquila su conciencia, se desmaya intelectualmente, para acto seguido declararse prófuga. La huida, recuerda Sartre, puede darse hacia adelante, como la del boxeador que avanza hacia los guantes del adversario cerrando los ojos (si no lo veo, no puede lastimarme). Y esa huida hacia adelante no deja de ser análoga al alocado y progresista y más arriba denunciado itinerario hacia la zanja.

Por último, si la ficción, como dice Schriever y dirá cualquiera que entienda mínimamente lo que es ficción, no puede ni debe pedir permisos, ¿en qué radica, si es que eso existe, su quehacer político y jamás correcto? ¿Se puede hablar de una política de la ficción? Probablemente sí, y por todas las razones adversas a las esgrimidas por los antiapropiacionestas. En El espacio literario, se recordará, Maurice Blanchot, atento a que Kafka descubría en el pasaje de la primera a la tercera persona la esencia de la ficción, señalaba que, debajo del lenguaje del escritor no hay referencia real: se trata, para decirlo así, de una nada, el vacío de la ficción. Basta que yo me escriba, agréguese, para que yo pase a ser un él o ella o trans, o perro, o anaconda, o troyana, o caníbal, o vieja recién asesinada. En ese saberse desrealizado, funámbulo en el abismo, la ficción se vuelve liberadora, puesto que su representación es, sobre todo, sugerencia, un punto de fuga, una centrifugación de cualquier yo, un abrirse en rapto, en enajenamiento (precisamente lo que le recriminaba un reciario de la representación como Platón).

Y esa falta de referencia, de identidad, de apropiación, va de suyo, es lo que se debe entender como una política de la ficción: el arbitrio de apropiarse del mundo a golpes de enajenación, mal que le pese a l@s ignorantes, a l@s resentid@s, a l@s fascist@s del siglo XXI

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